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miércoles, 21 de febrero de 2018

HA SIDO PUBLICADO EL LIBRO "ÉTICA Y REVOLUCIÓN INTEGRAL"

Fruto de una preocupación intensa y permanente por los problemas morales y axiológicos, de la sociedad y del individuo, un equipo de cuatro amigos hemos publicado el libro "Ética y revolución integral. Reflexiones para una sociedad convivencial"

   La obra es el resultado de años de trabajo.

   Su meta es favorecer el desenvolvimiento de una sociedad moral, asentada en valores, en la que la virtud personal y la virtud cívica sean pilares fundamentales de una vida nueva, con especial atención a lo convivencial y relacional, es decir, a lo afectuoso y amoroso. Todo ello enfocado de un modo revolucionario, sin concesiones hacia el eticismo o la falsa espiritualidad, haciendo de la moralidad una herramienta cardinal en la transformación revolucionaria de la sociedad, con la autotransformación de la persona, o autogestión del yo, como integrante de primera magnitud.

   El texto es plural, pues cada una de los cuatro capítulos proporciona una interpretación propia y singular, aunque unidos por la voluntad de contribuir a la realización de una revolución ética y axiológica, en el interior de cada persona y en la totalidad del cuerpo social. Mi parte se titula "El yo y la ética. Manifiesto a la juventud". Los cuatro estamos convencidos que sin revolución ética no puede haber revolución social.

   El libro lleva un Prólogo de Heleno Saña, el autor de una obra imprescindible, "Breve tratado de ética".

   Ha sido publicado por Potlatch Ediciones. La autoría es de Jesús Franco Sánchez, Félix Rodrigo Mora, Rafael Rodrigo Navarro y Ricard Vidal Miras. Tiene 301 páginas, en papel hueso y con una cuidada portada. Le he asignado un pvp de 15 euros. 
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lunes, 22 de enero de 2018

Un Libro de Ética y Axiología




      Está a punto de ser publicado por Potlatch Ediciones, quedando con ello a disposición del público lector, el libro “Ética y revolución integral. Reflexiones para una sociedad convivencial”, con cinco textos, de Jesús Franco Sánchez, Félix Rodrigo Mora, Rafael Rodrigo Navarro y Ricard Vidal Miras más un Prólogo de Heleno Saña, el autor de otro libro sobre esta materia, de lectura necesaria, “Breve tratado de ética”. Mi colaboración tiene como título “El yo y la ética. Manifiesto a la juventud”.

         Da continuidad a mi preocupación por los problemas morales en su vertiente individual, en tanto que ética de la conducta, el estar y el portarse, como saber práctico autoconstruido que orienta al individuo en los actos del vivir, en los cotidianos tanto como en los trascendentes, en los domésticos igual que en los épicos. Concretamente, en la convivencia y la relación con sus iguales, pues tal es la rama de la ética de que el libro se ocupa. Además, se dirige a la juventud, que es quien necesita sobretodo de la moralidad, para afrontar y contrarrestar la imposición desde las instituciones estatales de lo asocial, egocéntrico, descortés, nadificante, tiránico, codicioso, nihilista, debilitador, delegacionista, autodestructivo y perverso, vale decir, amoral e inmoral.

         Además de varios artículos en mi blog, en otros y en revistas, “La democracia y el triunfo del Estado”, mi libro más significativo hasta el momento, tiene como subtítulo “Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora”. Si: axiológica, esto es, en los valores y en los fundamentos morales del existir individual y social. Eso va a tener una significada continuidad en mi intervención en Muro, Mallorca, el 7 de febrero de 2015, de título “Autoconstrucción del yo”, en video.

         La ética individual es medular. De ahí que mi aprecio por el sujeto en tanto que individuo esté en contradicción con los politicismos y determinismos sociológicos de toda laya. De manera natural el ser humano dispone de libertad interior para construirse, para autoelegirse, para ser por sí y no por imposición de los poderes constituidos. Ni siquiera las dictaduras políticas e ideológicas más feroces lograr anular del todo la capacidad innata del ser humano para ser él mismo, determinar soberanamente su interioridad y establecer su conducta, para dotarse de valores opuestos a los disvalores impuestos y realizarse como ser de la libertad, la responsabilidad, la rectitud y la virtud.

Esto es una concepción optimista del ser humano, que resulta convenientemente atemperada por las negatividades interiores al yo y por la presión, cada vez más aterradora, de la maldad social y personal impuesta desde arriba, desde el poder/poderes constituidos, los cuales cada día son más poderosos, por tanto, más inmorales y causantes de inmoralidad.

         Mi contribución al libro citado es una apelación al esfuerzo moral del individuo para autoconstituir un yo entregado al recto obrar. En contra de las cantinelas habituales contra “el ego”, dirigidas a reducir a la persona a un ente de rebaño, dócil, sumiso y pasivo, lo que propongo es un reforzamiento del yo en un quehacer planeada y de por vida, dirigido al cultivo de las cualidades y atributos convivenciales, morales, emocionales, intelectuales y físicos. Se trata de constituir sujetos fuertes, capaces de ser ellos mismos. En esta época desventurada, la de la globalización, la de la creación de macropoderes planetarios cada día más hipertrofiados, el sujeto en tanto que individuo que se niega a ser hecho (en realidad, deshecho) y se hace él mismo es el elemento decisivo para considerar con esperanza el futuro de la humanidad.

         Así es: frente a las dictaduras políticas, económicas, funcionariales, clericales, mediáticas, profesorales y de cualquier naturaleza, se ha de situar el sujeto en la forma de yo que se escoge y se realiza. Con ello el ser nada del orden globalizado resulta superado, emergiendo lo que es hoy más subversivo, el ser humano que lo es.

         Es axial en la ética la categoría de “lucha interior”, de conflicto perpetuo por el cual el yo se automejora con esfuerzo y dolor. Tal lucha existe porque el mal está también dentro de uno pero sobre todo porque al mismo tiempo ahí existe asimismo el bien y la voluntad de bien. Es necesario resaltar lo positivo del sujeto, en un tiempo en que todo se dirige a rebajar, agredir y humillar al yo, cuando el hipercriticismo dominante se propone triturar y nadificar a la persona común, presentándola como una simple suma de negatividades y maldades. Tal es una de las peores consecuencias del “pensamiento crítico”, que refuto en varios de mis libros. Ese ser solamente dañino supuestamente, mera perversidad, sólo puede ser salvado, se nos dice, por las instituciones y sus agentes, por el Estado y sus jaurías… lo que refuerza aún más el actual régimen de dictadura múltiple.

         Una consecuencia de ello es que cada vez valoro más la moralidad popular, la ética con que la gente común ordena y organiza sus vidas. En mi concepción moral pesa mucho el ideario de los filósofos cínicos griegos, de una parte del estoicismo y del cristianismo verdadero pero mi aprecio por el saber popular actual crece y crece. Podría decirse que, decepcionado por una ética de libros y verborrea, me encamino hacía una recuperación de la sabiduría aplicada del individuo de la calle, al que escucho con creciente interés y respeto.

         Eso es más fácil cuando se observa que las y los profesionales de la ética institucional se prostituyen. Por ejemplo, Victoria Camps, catedrática de filosofía moral y política, autora prolífica y senadora por el partido socialista, cuyo quehacer cotidiano se mueve entre la Fundación La Caixa y la Fundación March… No, no, no. En la gran empresa multinacional, una tiranía económica concentrada en progresión, no hay ni puede haber moralidad, sólo inmoralidad. Es ineludible mirar hacia el pueblo.

         Es necesario impugnar y revertir el sujeto asocial de la contemporaneidad, entregado a la realización de la guerra de todos contra todos, haciendo posible un individuo sociable, afectuoso, amigable, servicial, altruista, que lo sea sin renunciar a un yo fuerte y autónomo, singular y propio. Esa es la meta de “Ética y revolución integral”. Éste, en suma, no quiere ser un libro para leer sino para convertir en vida vivida, en hábitos de afectividad y sociabilidad, de virtud y valentía. Porque la ética o es eso, costumbre, o no es nada.

viernes, 5 de enero de 2018

REVOLUCIÓN POPULAR CONTRA EL CLERO MUSULMÁN EN IRÁN


     Los últimos días de 2017 han conocido un alzamiento popular espontaneo contra el teofascismo iraní. En muchas docenas de ciudades y pueblos cientos de miles de manifestantes, entre los que destacan las mujeres sin velo, se han lanzado a desafiar en la calle al totalitarismo sanguinario del régimen iraní de los ayatolas. Han sido atacadas comisarias, cuarteles de la milicia islamofascista, mezquitas, bancos, bases militares, etc. Es a destacar que las protestas han sido particularmente vigorosas en las áreas kurdas, alzadas contra el chovinismo y el centralismo persa-iraní.



         Las consignas más coreadas fueron “Clerigalla musulmana, tenga algo de vergüenza y deje en libertad a Irán” y “El pueblo de Irán es un mendigo mientras los clérigos musulmanes viven como Dios”. La demanda de libertad, como libertad de conciencia, libertad religiosa, libertad de expresión, libertad de manifestación, libertad de indumentaria y libertad para los pueblos sometidos al imperialismo persa (derecho de Autodeterminación), fue la exigencia fundamental de los manifestantes. Asimismo, se protestó contra la pobreza agobiante y creciente que padecen las clases trabajadoras, y contra las intervenciones imperialistas del régimen en el Líbano, Gaza, Siria, etc.



         La represión ha sido aterradora, como corresponde a todo país musulmán, donde la vida de los seres humanos no vale nada. El aparato policial islámico ha originado, hasta el día 3 de enero de 2018, unos 200 muertos (diez veces más de los reconocidos oficialmente) y 10.000 detenidos. De éstos, una parte importante está siendo sometida a torturas terribles y será asesinada sin juicio y sin que los cadáveres lleguen a sus familiares. Los genocidas en el poder están repitiendo lo que hicieron en 2009 y más aún en 1979-1982, cuando la república islámica se impuso a través de un baño de sangre que exterminó a un enorme número, cientos de miles de personas probablemente, en particular trabajadores y campesinos, organizados en asambleas populares revolucionarias, y, también, militantes del Partido Comunista Tudeh y de otros grupos marxistas menores.



         En efecto, el aparato islamofascista nunca se detiene ante nada, máxime tras el pánico que han padecido los clérigos, que les ha llevado a abolir, en los primeros días del levantamiento popular revolucionario, la legislación sobre la obligatoriedad del oprobioso velo islámico para las féminas, creyendo que con ello podrían apaciguar a los manifestantes, lo que no ha sucedido, más bien al contrario, pues tal concesión evidencia la debilidad política del régimen y la fuerza sustantiva de la resistencia popular. El aislamiento social de los ayatolás se ha puesto de manifiesto asimismo en las raquíticas manifestaciones de apoyo al Estado, donde casi únicamente han participado clérigos, es decir, la minoría ultra-privilegiada, mandante y oronda, en un país dominado por la pobreza e incluso el hambre. El pueblo se ha abstenido, lo que está suscitando un enorme temor en la oligarquía musulmana.



         El clero islámico ha constituido en Irán una sociedad aberrante. En ella aproximadamente los dos tercios de los medios de producción y cambio pertenecen al clero, que al mismo tiempo detenta todo el poder político, todo el poder judicial, todo el poder educativo y mediático, todo el poder policial y, por supuesto, todo el poder religioso. Allí el clero musulmán es todo y el pueblo nada.



         Esto ha llevado a un enfrentamiento creciente entre los clérigos omnipoderosos y las mujeres de Irán, que desafían desde hace muchos años, con un valor que llena de admiración, su patibularia misoginia. Al mismo tiempo, el descrédito del islam es formidable, particularmente entre la juventud universitaria que se ha hecho antirreligiosa e incluso atea en una elevada proporción, de ahí los ataques a mezquitas. Alguno de los jefes ayatolás ha tenido que reconocer que las mezquitas están semi-vacías y que el futuro del islam en Irán es problemático: ese es el principal resultado, el esencial logro de la “revolución islámica” en Irán cuarenta años después....



         El régimen clerical-fascista se jacta de que ha aplastado la revolución, con fecha 4 de enero, pero se equivoca una vez más. La matanza realizada puede frenar temporalmente la movilización popular, pero ésta volverá a resurgir, y con mayor fuerza, incorporando a más sectores de la población, hasta que se convierta en una revolución victoriosa que expropie a los clérigos hiper-capitalistas su inmenso poder económico, derribe las perversas estructuras políticas actuales, lleve ante tribunales populares a los jerarcas asesinos, elimine todo rastro de patriarcado o neo-patriarcado y separe radicalmente la religión y la política, estableciendo la libertad de conciencia y la libertad de expresión.



         Lo sucedido es, además, una manifestación de la crisis general del islam hoy, que en todos los países que durante siglos ha dominado encuentra una oposición creciente. Los desmanes del clero islámico están suscitando una resistencia ascendente no sólo en Irán sino también en Arabia de los Saud, Marruecos, Turquía, Egipto y otros varios países. Su naturaleza de estamento hiper-privilegiado que detenta lo esencial del poder económico y que ahoga por la fuerza toda discrepancia y cualquier libertad popular hace que la oposición popular revolucionaria le tenga cada día más como blanco central de su ira y sus luchas. Se va hacia una implosión de las sociedades sometidas al islam en la que el clero saltará por los aires, y eso en todos los países, como ya está sucediendo en Irán.



         Significativamente, la tierra de promisión del islam es Europa. En ello coopera el Vaticano, con el papa Francisco al frente, la izquierda caviar, la izquierda estalinista que lleva año lucrándose con el dinero ensangrentado de los ayatolás, los buenistas del multiculturalismo, el imperialismo alemán heredero del nazismo, la gran banca europea, el aparato militar de la UE y, cómo no, el feminazismo, desde hace mucho entregado al clero islámico. Estas fuerzas manifiestan su “tolerancia” hacia la élite clerical iraní pero no dicen nada a favor de las decenas de miles de jóvenes iraníes, sobre todo mujeres, que ahora, en estos momentos, están siendo torturados y asesinados en las mazmorras de los ayatolás. El papa Francisco está guardando un silencio cruel respecto a la revolución iraní, lo que deja a los asesinos las manos más libres. Éste parece añorar los tiempos en que el Vaticano bendecía al dictador fascista Francisco Franco y se ha buscado una tiranía de sustitución ante la que estar de rodillas, la del clero islámico. De la penosa aventura de suscitar la islamización/fascistización de Europa, la Iglesia, como institución anticristiana, saldrá todavía más desacreditada y disminuida.



         ¿Qué decir de los jefes y jefas de la izquierda “radical” española en su relación con el totalitarismo iraní? El régimen de los ayatolás no sólo se impuso matando en masa a la militancia del partido Comunista pro-soviético, así como de grupos maoístas, guevaristas y anarquistas, en 1979-1982, sino que ahora los portavoces de los clérigos asesinos culpan del levantamiento popular a una organización marxista clandestina, los Muyahidin del Pueblo de Irán. No es cierto que este grupo haya dirigido el levantamiento, que ha sido espontáneo y apartidista, pero sí lo es que está en la acción clandestina anticlerical desde hace mucho, aunque como fuerza marginal, lo que suscita respeto y solidaridad.



De modo que los jefes y jefas de la izquierda estalinista están dando respaldo a quienes llevan decenios asesinando a sus correligionarios en Irán…. Y todo por dinero. De ahí que ahora estén llenando Internet de calumnias contra los revolucionarios iraníes, esos titanes dignos de encomio y admiración, que con su sacrificio heroico están cambiando el destino del mundo. En efecto, su épico obrar está frustrando la islamización/fascistización de Europa, y con ella de todo el planeta. Algunos de quienes les calumnian e insultan se dicen “anticapitalistas” pero niegan el contenido anticapitalista y revolucionario del magno alzamiento popular en Irán. Ciertamente, quienes están con los ayatolás están con el capitalismo, es más, con su forma más perversa, tosca y demente, la propia del clero musulmán.



El bocazas y demagogo de Donald Trump ha intentado sacar rédito político de los acontecimientos en Irán, diciendo que “apoya” el levantamiento popular en Irán, lo que es una mentira más de las suyas. No hay que olvidar que en sus orígenes la república musulmana de Irán fue una creación de Occidente, sobre todo de EEUU y Francia, para impedir el triunfo en ese país del Partido Comunista afín a la Unión Soviética, hecho que muestra lo obvio, que el islam es un instrumento político del imperialismo occidental. Sólo en una fase posterior surgieron algunas diferencias entre los clérigos y los EEUU por el reparto de poder en el área. Trump siente tanto pánico como los jefes musulmanes al triunfo de una revolución popular en la zona. Y si ésta avanza le veremos colaborar, a él y al sionismo, con los ayatolás, como en el pasado. Trump, además, ha mentido y traicionado desvergonzadamente a sus electores, a los que prometió “mano dura” con el fascismo islámico, que en los hechos se ha convertido en un interminable besuqueo con los clérigos totalitarios. Es un agente más de la islamización de Occidente, operación cada día más debilitada y disminuida, gracias a la colosal resistencia popular que está encontrando.



No menos disparatada es la posición de la corriente conspiranoica ante los acontecimientos revolucionarios de Irán, que condena como una maquinación del sionismo y EEUU. De nuevo se equivocan, víctimas de su folletinesca puerilidad, que les obliga a ver por todas partes grupos secretos complotando en las alturas, sin aceptar lo obvio, que el pueblo, los pueblos, existen y que de vez en cuando se alzan en rebelión y también en revolución. Su negativa a considerar que es el pueblo, la gente común, el agente principal de los acontecimientos políticos y sociales y no las organizaciones secretas va unida a su incapacidad para pensar en términos de revolución. Por eso han ido de apoyar a Trump, ese payaso ultra-reaccionario, a respaldar a Putin, un déspota militarista que continúa la política imperialista rusa de los zares y los bolcheviques. En su infantilismo, los conspiranoicos admiten también a Bashar el Assad, un asesino en masa al que sólo la fenomenal majadería de Occidente, al crear y financiar al Estado Islámico en Siria, ha salvado de ser derrocado y castigado por sus crímenes. Él es amigo íntimo de los ayatolás iraníes, y eso lo dice todo. La conspiranoía se está convirtiendo en una forma de extrema derecha entre otras, como manifiesta en su postura ante Irán.



La posición de los revolucionarios se resume en dos palabras: pueblo y revolución. Pueblo que se levanta y alza, revolución que se hace y realiza. Eso es todo y en todos los países.


martes, 19 de diciembre de 2017

LA NAVIDAD Y LA FIESTA POPULAR

         Se suele admitir que, originariamente, la Navidad es la celebración del solsticio de invierno, del Sol Invicto de los romanos, apropiada por la Iglesia desde la segunda mitad del siglo IV. Esto ayuda a formular la propuesta de su recuperación en tanto que celebración popular y civil, vale decir, emancipada de servidumbres y adherencias institucionales, clericales y mercantiles.

         Hoy la Navidad, en tanto que fiesta, agoniza. Es casi exclusivamente una herencia del pasado maltratada y aviesamente administrada por el poder constituido, en la que lo popular autoconstruido apenas tiene existencia. Recuperarla demanda, en primer lugar, repensarla y reinventarla, y sólo secundariamente mantener lo que fue en el pasado.

         Todas las fiestas populares, así como la categoría misma de fiesta popular, que es experiencial y actuante, están en liquidación, asunto en que se pone de manifiesto el temible proceso aculturador que padece Europa, en la que las instituciones estatales y empresariales han logrado reducir prácticamente a nada a lo popular, por tanto al pueblo, a la gente común, en todas sus manifestaciones, entre ellas las festivas. Esto, además, ha conformado una pseudo-fiesta aburrida y deprimente, a menudo hórrida e intragable, que contribuye a la desolación universal en que se han convertido nuestras vidas en “la sociedad perfecta y completa”, la actual...

         Empecemos la recuperación de la fiesta como quehacer del pueblo, de los pueblos, estableciendo el axioma de que es necesaria, imprescindible. Los seres humanos necesitan de diversión y alegría, de entretenimiento y recreación, para sobrellevar los sinsabores y dolores inherentes a la existencia, y más aún para reencontrarse en el ámbito de lo lúdico con sus semejantes, reafirmando también así los lazos de convivencia, afecto, hermandad, compartir y vida en común.

         En mi libro “Naturaleza, ruralidad y civilización” dedico un apartado al estudio ateórico de esto, cuyo título es “Reflexiones sobre la fiesta popular de la sociedad rural tradicional”, que para muchos de sus lectores y lectoras es el capítulo más apreciado. Expongo que la fiesta popular es la que hace el pueblo de manera autónoma y soberana, de forma autoconstruida y autogestionada, en la que él es actor y no espectador, creador y no consumidor, elemento activo y no criatura adoctrinada, donde lo institucional o no existe o es mínimo, y dónde lo decisivo es la convivencia y la relación, siendo lo demás complementario.

         La alegría, el goce, el ardor y la emoción vienen, en la fiesta popular, de la eficacia convivencial, de la fusión interpersonal, del deseo y gusto por estar juntos, del apreciarse, quererse y sentirse parte de un grupo humano estructurado por el impulso afectuoso polimorfo y multidireccional. La fiesta sustentada en el conflicto y en desamor, o meramente en la indiferencia, el solipsismo y la frialdad emocional, es una aberración, un fastidio lúgubre que únicamente puede mantenerse con estímulos externos indeseables, el abuso del alcohol, las drogas, etc.

         Ciertamente, los seres nada intencionadamente producidos en serie por el actual régimen de dictadura, como expongo en mi libro “Crisis y utopía en el siglo XXI”, en su existencia nadificada, no son capaces de solazarse y disfrutar, no consiguen sentir la alegría de la diversión auténtica, natural. Del mismo modo que no saben pensar, no saben trabajar, no saben convivir y no saben autogobernarse tampoco saben divertirse. Por eso son criaturas tristes y fúnebres, ajenas al júbilo y al entusiasmo, al contento y a la risa, meros habitantes de Tristania, la vigente sociedad de la depresión, la amargura, la desolación, el odio, el conflicto interpersonal y la desesperanza. Mientras la fiesta sea comprada en el mercado (o producida por el Estado, en tanto que “circo” del “pan y circo”) y no autoconstruida, mientras el sujeto sea en ella mero espectador y no actor comunal, y mientras se considere que lo esencial son las cosas o sus equivalente (música, alcohol, etc.) y no los seres humanos, será imposible recuperar el bureo, la jarana, la broma y el regocijo en toda su potencia emocional, en la plenitud de su grandeza y sublimidad.

         La Navidad es la fiesta convivencial por excelencia, y su recuperación ha de empezar por ahí. El primer paso para deleitarse y disfrutar de ella es empezar por destinar un tiempo a la introspección, en silencio y soledad, a fin de determinar qué fallos y faltas hemos tenido en la relación con los otros en los meses precedentes, en qué hemos faltado, ofendido y humillado a otros, o si hemos sido fríos de corazón, indiferentes, intolerantes, impositivos, descorteses, faltos de generosidad, tristes, hipercríticos, aburridos, virulentos, egocéntricos o interesados con nuestro iguales.

         Puesto que la alegría resulta del amor mutuo lo primero es restaurar el afecto de unos a otros. La fiesta o es fiesta convivencial autoconstruida o no es.

         De ese autoexamen ha de salir una alteración mejorante de la propia conducta, que se sustente, sobre todo, en localizar cuándo hemos realizado bien la convivencia con los iguales, para afirmar nuestra positividad, ampliando y si es posible elevando a un nivel superior la propia actividad relacional y afectuosa. Porque la meta es consolidar lo positivo y corregir lo negativo, por ese orden.

         Se trata de demandar excusas a quienes hayamos tratado mal y de olvidar el maltrato recibido, de comprometerse con uno mismo a considerar de un modo nuevo, efusivo y reconciliador, a las personas con las que estemos enfrentados y de elevar la existencia comunitaria a grados crecientes de pasión unitiva, emoción relacional y euforia lúdica. Alcanzado este estadio se ha establecido la piedra angular, la precondición necesaria, de la diversión y el regocijo, de la fiesta y el jolgorio.

         La Navidad es el momento de disentir, en el pensamiento y la palabra pero sobre todo con la propia conducta, del apotegma clásico que propone como metas axiológico-morales a la persona, “iluminar la inteligencia, avivar el sentimiento y fortificar la voluntad”. El yerro está en que ignora la convivencia. No basta con la inteligencia, la sensibilidad y la voluntad, pues de ahí emerge un sujeto mal construido, mutilado, por no-desarrollo de la parte afectiva y relacional. Un individuo inhábil, entre muchas otras actividades decisivas, para la fiesta. La fusión de lo reflexivo, lo emotivo, lo volitivo y lo convivencial es una revolución axiológica.

         Así pues, la Navidad es tiempo de reconciliación y afectuosidad, de impulsividad emotiva e intensidad relacional, de ruptura de las barreras que separan a los seres humanos. De ella ha de emerger una conducta nueva, en cada una y cada uno, cuya esencia es la amistad, el compañerismo, la vecindad, la comunalidad, la cortesía, la fusión psíquica y vivencial, el ir desde el yo al nosotros sin dejar de ser yo, uno mismo.

         Atendiendo a lo complementario diré que en estas fechas suelo escuchar a Juan del Encina (1468-1529) entre los músicos del pasado, lo que hago desde hace muchos años, valiéndome de la “Obra musical completa de Juan del Enzina”. A este autor se le atribuye la admisión del villancico, en tanto que creación popular, en la música culta, si bien en ese tiempo tal denominación no se reducía, como hoy, a piezas específicamente navideñas. Me agrada, así mismo, oír el repertorio musical recogido en la compilación, de 1992, “Las Cuadrillas de Murcia”, con tres CD, un colosal regalo, inmerecido, de su director, mi amigo Manolo Luna, que nunca sabré como corresponder. A ello añado la colección de música popular vasca recogida por Alan Lomax en los años 50 del siglo pasado, editada en dos CD, uno dedicado a Navarra y el otro a Gipuzkoa y Vizcaya, formando parte de “The Alan Lomax Collection”. Ciertamente, todo ello es en gran medida pasado, por desgracia, lo que nos llama a reconstruir, recrear y reinventar la música popular, conforme a las condiciones del siglo XXI.

         La fiesta popular es, además, comensalidad. Tomar productos sencillos, cocinados por uno mismo y en cantidades razonables, sin excesos y sin despilfarrar, es parte necesaria de la fiesta. Lo mismo la bebida. Ingerir moderadamente fermentados, vino, sidra o cerveza, o incluso dar un tiento a alguna copita de licor, es bueno, siempre que se haga con autocontrol y contención. Lo cierto es que la fiesta convivencial, por su magnificencia inmanente, impide los excesos etílicos, pues los participantes extraen de los otros, de sus palabras, presencia, risas, miradas, movimiento de manos, intervenciones musicales, chistes y dichos ingeniosos y jocosos, una satisfacción psíquica tan enorme que no necesitan del estímulo de la bebida. Si se abusa de ésta es porque la fiesta está mal planteada, o porque el sujeto que se degrada con el alcohol necesita autoconstruirse emocional y relacionalmente.

         Así pues, amigas y amigos, os deseo una excelente Navidad. Lo dicho, no dejéis que el desamor os haga tristes y depresivos, aferraros a la convivencia y exultar vitalmente desde ella. Que la inocencia, la energía, la hermandad, el buen humor, el amor a la vida, la voluntad de bien, el espíritu de servicio, la afección a la revolución integral y la alegría en actos os guíen.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

EL PARLAMENTARISMO NO ES DEMOCRACIA. ES DICTADURA 6 de Diciembre de 2017

       El 39 aniversario de la Constitución española de 1978 permite renovar la denuncia del actual sistema político en su totalidad. Con ello se pretende no sólo desacreditarlo, lo que sería un objetivo puramente negativo, una aplicación de ese desatino filosófico que es el “pensamiento crítico”, sino abrir camino a la revolución. En efecto, esta es meta constructiva, tarea hacedera, misión y destino, esfuerzo y servicio. Es un obrar que está cualitativamente por encima del criticismo “radical”, fácil y simplón, que se agota en sí mismo y, a fin de cuentas, sirve al sistema por no ofrecer propuestas trasformadoras, ya que al prescindir de ellas por negativismo siembra la desesperanza y la amargura, por tanto la pasividad.

         Lo concluyente es la revolución, la revolución holística e integral, en lo político un orden de democracia y libertad para el pueblo, cuyo armazón será un régimen de asambleas populares soberanas en red. Éste, para cada pueblo, nación o país, se articulará en varios niveles: el local, con el sistema complejo de la asamblea/asambleas de los vecinos y vecinas de cada municipio; el comarcal, al que acudirán portavoces (no representantes) de las juntas o asambleas locales, obligados por el mandato imperativo; el regional o territorial, conformado por los portavoces de los organismos comarcales y el del país o nacional, con portavoces de los organismos regionales o territoriales.

         Ese orden político de cuatro grados se caracteriza porque todos los cargos u oficios unipersonales serán anuales, no remunerados y, como se ha dicho, obligados a someterse a la voluntad política de los electores por medio del mandato imperativo. No habrá políticos profesionales, sujetos que vivan de la política, cuya existencia hoy es prueba irrefutable de que el actual sistema es una dictadura, un régimen tiránico y dictatorial. En el autogobierno por asambleas el poder decisivo es el de las bases de la sociedad, de tal modo que cuanto más “arriba” se asciende en los niveles o grados menos poder se podrá desplegar.

         Eso es la revolución, la soberanía del pueblo ejercido asambleariamente. Pero no en asambleas vociferantes e irresponsables, mero batiburrillo de jóvenes “radicales” de clase media que juegan a ser “alternativos”, sino en organismos cabalmente formalizados, en los que cada sujeto tendrá no sólo derechos sino también deberes, entre ellos el de someterse a la opinión de la mayoría y respetarla, siendo sancionado si no lo hace. En él las mayorías admiten a las minorías y a los disidentes individuales al mismo tiempo que aquéllas y éstos respeta a las mayorías, conviniendo en que su voluntad política es la que se hace norma y mandato.

         El fundamento de la libertad política es el armamento general del pueblo, con desaparición e inexistencia de los cuerpos profesionales especializados en el uso de la fuerza y el manejo de los medios de acción violenta. No habrá, por tanto, ni ejercito ni policía, siendo el servicio de armas un deber cívico que será obligatorio (salvo objeción ética) para todos los varones y todas las mujeres. Así, la milicia dejará de ser un oficio para convertirse en un servicio.

         Sin cuerpos armados especializados, sin funcionarios profesionales y sin políticos por oficio, será el pueblo quien gobierne. Sólo así podrá ser real la soberanía popular, que la Constitución de 1978 exalta verbalmente sólo para negarla en la práctica, en la vida real, con cinismo y desvergüenza.

         Una parte más de la conquista de la libertad política es la supresión de la gran propiedad financiera, industrial, de servicios y agrícola, que ha de ser expropiada sin indemnización para pasar a ser manejada de una forma comunal y autogestionada. Así se pondrá fin a la intervención del gran capitalismo en la vida política, comprando partidos y políticos (a todos los sobornan, con independencia de lo que digan y prometan, también los “anticapitalistas”), promoviendo campañas mediáticas, subsidiando a intelectuales y artistas, etc. El gran capital es por naturaleza enemigo de la libertad política (también de la libertad civil y de la libertad de conciencia) y por eso no puede tener sitio ni existencia en una sociedad libre.

         Un orden sustentado en la libertad requiere de una gran calidad (autoconstruida) de la persona, demanda una altísima valoración por parte de cada una y cada uno de las categorías prácticas de virtud cívica y virtud personal. Sin sujetos de calidad y sin adhesión de éstos al ideal y el quehacer de servir desinteresadamente al bien público, por convicción interior y sin esperar nada personal a cambio, no es posible la democracia ni la libertad política, es imposible un régimen de asambleas soberanas en red. Lo mismo respecto a la libertad de conciencia, que es la precondición de la libertad política, lo que excluye toda forma de aleccionamiento, sistema educativo estatal (como el actual) y negación de la libertad de expresión[1].

         Frente a la ferina voluntad de poder, la homicida razón de Estado y el brutal individualismo posesivo del actual sistema situamos la virtud cívica, la virtud personal y la libertad.

         Hoy avanzamos hacia la conquista revolucionaria de la libertad política a través de seis quehaceres: 1) denunciando al régimen actual y a cualquier otro que se sustente en el parlamentarismo, monárquico o republicano, con la actual Constitución o con otra, español o catalán, de la Unión Europea o de otro lugar del planeta, 2) exponiendo que sólo un orden político-jurídico de asambleas soberanas es democrático para el pueblo, 3) negando que la participación en los organismos gubernamentales, desde el parlamento al ayuntamiento, sirva para algo bueno y útil, lo que supone proponer la abstención activa y combativa en cada acto electoral, 4) desarrollando la noción de pueblo, constituidos por los sin poder, para que se afirme en sí, tome conciencia de su fuerza, se reconstruya y se alce en revolución, 5) rechazando el montaje tétrico de la Unión Europea, un orden dictatorial constituido por una agrupación de Estados vasallos de Alemania, proponiendo la Europa de los pueblos, de las lenguas y las culturas, 6) combatiendo toda manifestación de fascismo a la vez que se rechaza el parlamentarismo sea nazi, neonazi o falangista, de derechas o de izquierdas, fascista o “antifascista”, civil, militar o religioso (musulmán), de blancos o de negros, de hombres o de mujeres, europeo o foráneo, del pasado o de nueva invención.

         Así avanzamos hacia la revolución, que se manifiesta ya en la masa creciente de muchas y, a largo plazo, difícilmente resolubles contradicciones y antagonismos que cuartean a las sociedades europeas en su base política, en su substrato demográfico y en sus superestructuras políticas e ideológicas. De ellas y desde ellas, por nuestro esfuerzo múltiple, espíritu de combate y voluntad de sacrificio, por nuestra calidad como personas y como comunidad popular, saldrá la revolución integral.

        




[1] El régimen constitucional actual se jacta hipócritamente de que garantiza la libertad de expresión, y de que todas las opciones y propuestas políticas tienen una presencia proporcional y equivalente en los medios de comunicación y en el sistema escolar. Pero ¿cuándo y dónde se admite a quienes denunciamos el régimen de la Constitución de 1978 como una dictadura, negamos que se pueda reformar y hacer democrático a partir de sí mismo, y proponemos una revolución con formación de un gobierno por asambleas? Jamás se nos acepta en ningún lugar o espacio en que impere el statu quo, de modo que somos los excluidos y marginados, cuando no los perseguidos, por el actual orden. Mientras los lacayos del poder constituido, que dijeron querer “tomar el cielo por asalto” (hasta ahora lo único que han tomado por asalto son los presupuestos del Estado), se pavonean en las televisiones repitiendo día tras día que el parlamentarismo, este u otro, es democracia, los revolucionarios quedamos siempre extramuros, nunca somos llamados a los platós. Mientras ellos tienen enormes medios económicos y tecnológicos a su servicio, y se embolsan cada mes emolumentos y sueldos estatales considerables, nosotros vivimos de nuestros muy modestos recursos. Eso es dictadura, eso es tiranía, eso es totalitarismo. Un orden revolucionario sustentado en la libertad no actuará así, por lo que en él los partidarios del parlamentarismo tendrán también su sitio en el sistema comunicacional y de difusión de ideas. Se trata sólo de quebrar y extinguir su actual monopolio y exclusivismo, sin negarles la palabra. No somos como ellos ni queremos serlo, en nada. Nuestra meta es superarlos cualitativamente, vencerlos absolutamente con la reflexión, la palabra y los hechos.

domingo, 5 de noviembre de 2017

LA HORA DE LA REFLEXIÓN. Hacia una estrategia para la liberación popular-nacional de Cataluña


“Audentes fortuna iuvat”[1]



         Los acontecimientos de Cataluña están siendo una colosal lección sobre política práctica, en particular acerca de qué y cómo deben ser hoy los procesos de liberación nacional de los pueblos oprimidos en Europa.

         El fiasco del nacionalismo burgués y estatolátrico catalán, así como de su último retoño el nacionalismo partitocrático e institucional centrado en la Generalitat, abre la posibilidad de formular desde una perspectiva popular y revolucionaria, la única realista y eficaz, la cuestión catalana. Esto significa que, tras más de un siglo de hegemonía y dominio, el nacionalismo propio de la gran burguesía “catalana” (en el presente inexistente, al haberse fusionado con la española) y las clases medias permite ser refutado ahora con eficacia. De ello puede resultar un planteamiento específicamente revolucionario y nacional/universalista de la acción emancipadora necesaria para que el pueblo catalán evite su desaparición, siga existiendo, continúe siendo, reafirme su esencia concreta a partir de lo que ha sido y de lo que es, por sí y desde sí.

         Es peculiar de la historia de Cataluña, desde el siglo XIX, que las clases populares sean políticamente dominadas por el populismo nacionalista segregado por los partidos de la burguesía catalana, que se valen de sus perennes querellas con Madrid, que son meras luchas de poder, para dotarse de un aura de “radicalidad”. Eso hace imposible, o al menos más difícil, la maduración de la revolución, pues siempre existe la posibilidad de que la burguesía catalana, o en su defecto, el nacionalismo “catalán” partitocrático, echen mano de la cuestión nacional para recomponer su relación con los trabajadores, reduciéndolos de nuevo a la obediencia al ideario burgués. Así, cuando ahora prometen la “república catalana” siguen defendiendo un tipo de capitalismo y explotación con cambios meramente verbales sobre la base del reforzamiento del Estado.

Los acontecimientos que aquí se analizan tienen lugar en un momento histórico lleno de incertidumbre y dramatismo, aunque también de grandes oportunidades y esperanzas, en el cual el proceso de mundialización llevado adelante por el bloque constituido por la gran empresa multinacional sumada al Estado y conjuntos de Estados (la UE, por ejemplo) hipertróficos está laminando a todos los pueblos del mundo, con aniquilación de sus lenguas y culturas, en una atroz dinámica aculturadora, uniformista y homogeneizante, en la que sólo tiene cabida una única lengua, el inglés, y una única “cultura”, en realidad subcultura, la fabricada por el corrompido aparato académico como brazo ideológico de un poder tiránico que desea ser planetario, y por la perversa industria del ocio que opera a escala mundial.




[1] “La fortuna favorece a los valientes”.

lunes, 23 de octubre de 2017

RUSIA EN 1917, LA ANTIRREVOLUCIÓN COMO “REVOLUCIÓN”

      En octubre de 2017 hace un siglo que tuvo lugar la así llamada “revolución socialista” rusa. El tiempo transcurrido; su acabamiento con la patética auto-liquidación de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) en 1991; los decisivos cambios que están teniendo lugar a nivel planetario y la publicación de un buen número de estudios y balances, algunos de calidad en lo fáctico, permiten alcanzar conclusiones fiables sobre lo más determinante en esta materia, a saber, qué es una revolución y cuáles son sus contenidos, metas y procedimientos[1]. Porque los acontecimientos de 1917 no fueron otra cosa, en un último análisis, que una afirmación y refundación del capitalismo con nuevos ropajes, la expresión de una forma más de contrarrevolución burguesa y estatal.

         El mal mayor infringido a la humanidad por la descomunal farsa de la “revolución rusa” ha sido desacreditar hasta lo indecible y cubrir de cieno la idea misma de revolución. De ese modo, aquélla ha hecho el mayor servicio posible al capitalismo al garantizarle un amplio periodo de estabilidad, aceptación (o por lo menos resignación) y paz social. Ha conseguido que sus oponentes y críticos actuales no encuentren las ideas necesarias para ir más allá de una actividad disidente de poco calado, aunque a veces de mucha bulla y fanfarria, sin dar el salto a lo más necesario, pensar y efectuar una negación programática y práctica de la totalidad finita del orden constituido, con el fin de avanzar hacia una sociedad sin capitalismo, por tanto, sin artefacto estatal.

         Quienes elijan la revolución como tarea actual, de hoy, están obligados a sostener y probar argumentalmente que: 1) los hechos de 1917 no son una revolución sino una contrarrevolución, que no se hizo con las clases trabajadores sino contra ellas, 2) su teoría rectora, el marxismo, es una forma peculiar de ideología burguesa, de progresismo pro-capitalista radical, de apasionamiento productivista y economicista, incluso si en alguna cuestión aislada está acertada, 3) Los resultados en Rusia fueron tan destructivos que, llegado un momento, la nueva burguesía comunista que realizó y consolidó la “revolución” de 1917 tuvo que prescindir de la superestructura “socialista” para instituir la Rusia actual, una potencia imperialista explícitamente capitalista en la que manda y es gran propietaria de manera perfectamente regularizada una élite descendiente de la burguesía bolchevique que llevó a efecto la inmensa parodia de hace un siglo.

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[1] Este asunto está tratado de forma extensa en mi libro “La democracia y el triunfo del Estado. Por una revolución democrática, axiológica y civilizadora”. El presente artículo es una profundización de dicho análisis, con nuevos datos, y es sobre todo un avance en la comprensión creadora de los diversos aspectos implicados, enfatizando la cuestión de la revolución por hacer en tanto que cosmovisión, proyecto y tarea. El pensamiento y el conocimiento no han de detenerse nunca, estando siempre en desarrollo y perfeccionamiento.