Follow by Email

miércoles, 9 de agosto de 2017

HACIA UN DEBATE PÚBLICO SOBRE LA EMIGRACIÓN


         La emigración es ya uno de los problemas que más preocupan a la opinión pública europea. Ésta está dando un giro, dejando a un lado los mendaces argumentos paternalistas y caritativos, buenistas, sentimentales y asistenciales con que los poderes constituidos tratan mediáticamente tan decisiva materia, para atenerse a un enfoque cada vez más riguroso y objetivo de los hechos, lo que lleva a un número creciente de personas a considerar con espíritu crítico el hecho migratorio masivo.

         Nos aproximamos a un momento de ruptura, en el cual una parte progresiva de las gentes de Europa se posicionará en contra de la emigración de masas, enfatizando el daño que hace no sólo a las clases modestas del Viejo Continente, del Norte, sino también a los países “en vías de desarrollo”, del Sur, que están siendo devastados y saqueados a placer por los ricos de los países ricos por medio del torrente sin fin de la emigración.

         Cada vez se comprende mejor que ésta es una decisiva estrategia del capitalismo globalizador para golpear y desvalijar, aculturar y devastar a las clases modestas de los países ricos y de los países pobres al mismo tiempo. En él hay un ganador doble, el gran capital de los territorios receptores y emisores de emigrantes, y un perdedor asimismo doble, las gentes trabajadoras de ambos tipos de países.

         Ese debate, que ya está empezando a tener lugar, es invariablemente contestado desde las instituciones y sus agentes con calumnias, injurias, amenazas, agresiones y exclusiones. Dado que la emigración es absolutamente vital para la patronal de la era global, pues dinamiza al capitalismo y le proporciona mano de obra barata, y para el Estado/Estados, debido a que los emigrantes contribuyen a llenar las arcas del Estado acrecentando los ingresos tributarios, hoy no es posible expresarse con libertad sobre este asunto. Así pues, falta absolutamente la libertad de expresión, también porque las fuerzas institucionales son incapaces de aportar argumentos, lo que les obliga a valerse de una estrategia del temor y el linchamiento, que aplican brutalmente a quien difiera, por poco que sea, de la versión oficial.

         El debate, por tanto, ha de hacerse fuera de las instituciones, y en la semi-clandestinidad.

         Al mismo tiempo, para imposibilitar que las gentes modestas de Europa despierten a la verdad sobre esta materia, los poderes constituidos invierten una enorme cantidad de dinero en propaganda, financiando a un sinnúmero de instituciones, fundaciones, colectivos, personalidades e intelectuales, a los que encargan la defensa de la versión oficial, hecha de ocultaciones clamorosas, medias verdades, sofismas cuidadosamente urdidos, explotación descarada de los buenos sentimientos de las gentes, chantaje emocional y mentiras descomunales.

         Ante ello nuestra meta ha de ser proporcionar datos, estudios y análisis serenos, equilibrados y objetivos sobre el hecho migratorio, señalando las manipulaciones de que se sirve la gran patronal y sus compadres del ente estatal para tener mano de obra abundante y gratuita, que es robada, literalmente, a los países pobres. A éstos el neocolonialismo europeo, además de saquearles sus recursos naturales, ahora les estás expropiando lo más valioso, su población.

         Es tantísimo lo que está en juego que los apologetas de la emigración no se detienen ante nada. Pretenden que el conflicto principal se da entre autóctonos y emigrantes, cuando no es así, pues en todo ello hay unos ganadores, los ricos, las clases medias y la aristocracia obrera, y unos perdedores, los trabajadores, parados, jóvenes y mujeres de menores ingresos y recursos, sean indígenas o emigrantes. Para sostener esta ficción, han de tapar que los inmigrantes con arraigo, los que llevan en Europa diez años o más, están en contra de la emigración actual con más motivos que nadie, debido a que ellos son los perdedores netos. Por ejemplo, si el salario real del emigrante medio ya afincado aquí está ahora en los 3-4 euros la hora, la llegada de, pongamos por caso, un millón de nuevos emigrantes (que es el número de personas robadas a Siria por Alemania con la mayor desvergüenza), significaría que los salarios de aquéllos se quedarían en los 2-3 euros, lo que conforma una situación de precariedad preocupante.

         Por eso los defensores de la emigración, que se erigen en portavoces y bienhechores de los emigrantes sin que éstos les haya autorizado a ello, tienen que valerse de la intimidación y el miedo como elementos concluyentes para lograr el asentimiento de las gentes a la política institucional de abastecimiento al gran capitalismo europeo de mano de obra criada en otros países, con lo que para él resulta ser gratuita, de coste cero. En ese uso matonil del temor y la amenaza coinciden todas las fuerzas política, todas las ideologías, todos los aparatos clericales y todos los poderes institucionales.

         La situación está alcanzando un punto crítico, en el cual ya no sirve, como hasta ahora, el efecto embrutecedor y paralizante de las mentiras y, sobre todo, del hostigamiento y la intimidación a quienes se atreves a exponer la verdad, que a veces son inmigrantes a los que sin contemplaciones se tapa la boca. Por ejemplo, cuando algunos marroquíes beneméritos arguyen que su país se está quedando sin juventud porque toda ella se viene a Europa, y que eso es una catástrofe demográfica, económica y cultural (es, en realidad, un genocidio perpetrado con palabritas melifluas y discursos buenistas), además de política, se les agrede verbal y mediáticamente y se les trata como unos indeseables, sin que hagan nada en su ayuda, más bien al contrario, los profesiones multi-subsidiados de “la lucha contra el racismo y la xenofobia”.

         La meta ha de ser aportar conocimiento y luz sobre la totalidad del fenómeno migratorio. Hay que proporcionar análisis ponderados y objetivos a fuer de serenos y bien documentados para que cada persona pueda formarse su propia opinión sobre esta determinante materia con razonable libertad, lo que ahora no existe. Hay que oponer a la propaganda  institucional pro-emigración la verdad sobre la emigración como el gran negocio del capitalismo senil y vandálico europeo, neocolonialista, del siglo XXI.

         Es necesario investigar su fundamento económico y los efectos, tan dispares, que origina en los ricos y en los pobres de los países ricos. También es preciso analizar lo que está sucediendo en los países pobres exportadores de mano de obra, convertidos en granjas de crianza de seres humanos que, alcanzada la edad de ser productivos, son llevados a Europa. En estos países hay unos ganadores con la emigración, sus oligarquías, casta clerical y Estados, y unos perdedores, las pobres gentes forzadas a convertirse en ganado de labor con rostro humano.

Eso no niega la responsabilidad moral y política de los emigrantes, de cada uno de ellos persona a persona, cuyo deber cívico es permanecer en su país para allí promover cambios revolucionarios que realicen el derecho a vivir en donde se ha nacido (que es uno de los derechos naturales de todo ser humano) en vez de venir a Europa a integrarse en la sociedad de consumo, fortaleciendo el neocolonialismo europeo con su trabajo y estancia. No hay paternalismo posible ya, y cada parte debe asumir sus responsabilidades. Porque el paternalismo es una de las peores expresiones de racismo.

         Quienes creen que la emigración es algo así como una actividad “anticapitalista” deberían leer los textos de, entre otros, Alberto Recarte, un economista de cierto prestigio impúdicamente valedor del capitalismo. En ellos Recarte explica que la emigración es una bendición inmensa para la patronal y el poder financiero español, más aún, que es el fundamento mismo de su crecimiento en los últimos decenios.
        
         Hay que estudiar experiencias históricas de captura forzada, semi-forzada o manipulativamente “libre” de mano de obra, conversión de los seres humanos en ganado laboral y emigración. Por ejemplo, en Roma, en donde el aprisionamiento de nuevos esclavos era la meta número uno de las guerras incesantes que llevó adelante la república romana y luego el Principado, su sucesor. Hay que explorar al tráfico trasatlántico de esclavos negros, de África a América en la edad moderna, que ahora se repite con Europa como destino. Y, sobre todo, conviene examinar la política migratoria de los nazis en el poder, que llenaron Alemania de emigrantes, igual que está haciendo esa mujer perversa y enloquecida que es Ángela Merkel, sucesora y continuadora en todo lo importante de Hitler.

Alemania es hoy, igual que lo fue con los nazis, el enemigo número uno de Europa. En España la derecha y la izquierda, la extrema derecha y la extrema izquierda, todos, siguen a Merkel, repiten sus consignas y realiza su política. Frente a ello se ha de alzar el programa de la revolución popular integral para la emigración. La gente que hoy en Alemania aplaude el expolio de la población de Siria es la misma que en 1933 votó a Hitler, el mismo tipo de alemanes depravados que luego, en 1943-45, estando la guerra ya perdida, estuvieron hasta al finar con el Führer, matando y haciéndose matar sin sentido. Ahora es una Führer quien lleva a adelante todo ello, porque en el presente una buena parte de las maldades y genocidios realizados desde el poder han de ser dirigidos por mujeres, pues ese el signo de los tiempos…

         De notable importancia será el estudio de la política migratoria del franquismo, que trato en mi libro “Naturaleza, ruralidad y civilización”. El fascismo español se sirve a lo grande de la emigración, sobre todo en dos de sus variantes. Una es el saqueo de la población rural, convertida en mano de obra para la industria y las ciudades, lo que lleva a la aniquilación de la sociedad rural popular tradicional y su admirable cultura milenaria, lo que tiene lugar en 1955-1970. Otro, el forzamiento de la emigración hacia Europa, lo que convirtió las remesas de los emigrantes, la gran masa monetaria en divisas que enviaban a España, en probablemente el fundamental factor económico que dio estabilidad y continuidad al régimen de Franco. Sin esas dos operaciones migratorias el fascismo español no habría podido mantenerse los cuarenta años célebres, luctuoso suceso que es un caso concreto ente cientos que muestra que cualquier hecho migratorio es pieza esencial de las estrategias de la reacción y las tiranías.

         El problema no termina ahí. Se debe estudiar la emigración a Europa como una forma de limpieza étnica y sustitución racial, dirigida a convertir a los pueblos indígenas europeos en una nueva versión de los pueblos indígenas de América, en minorías oprimidas, marginadas, alcoholizadas, entregadas a las drogas, enfermas del cuerpo y del espíritu, que no se reproducen y en fase de extinción. Todos los pueblos tienen derecho a la continuidad como etnias pero ahora ese derecho está siendo conculcado a lo grande en Europa, donde existen numerosos barrios, ciudades y poblaciones en el que el proceso de sustitución étnica y limpieza racial ya se ha realizado. En sólo una generación, si no hay revolución, los pueblos europeos serán minorías en sus propios países, minorías perseguidas y condenadas a la desaparición. El furor del racismo antiblanco, que es hoy la forma principal que adopta el racismo institucional, es decir, estatal y empresarial, en Europa, así lo indica. Frente a tales horrores la revolución anticapitalista popular es el único remedio efectivo.

         En todo este torbellino de perfidia y demencia los aparatos mediáticos del poder constituido nos echan encima una y otra vez a los niños y niñas pijos, a las hijas y los hijos de papá, que con, su conocida arrogancia clasista y odio por lo popular, denuncian sin descanso lo muy “racistas”, “xenófobas” e “islamófobas” que son las clases asalariadas, por resistirse a la estrategia de limpieza étnica y sustitución racial diseñada por la gran patronal. Estos sujetos se están haciendo ricos con tal ejecutoria, y es imposible ponerse delante del televisor o abrir un periódico sin que aparezcan allí, agresivos, demagógicos, insultantes, amenazantes. No puede ser de otro modo, son los nuevos “soldados de la fe” inquisitoriales del capitalismo globalizado… aunque lo cierto es que están perdiendo la partida y es posible que tenga un fin triste y ominoso a medio plazo.

         Tenemos que considera el futuro con optimismo. La perfidia del gran capitalismo europeo, cuando se ha hecho agente de un genocidio étnico y cultural contra los pueblos europeos, brinda a éstos una buena oportunidad para desprenderse de él por derrocamiento revolucionario, para convertirlo en una realidad del pasado. Eso es la revolución. El tándem gran capital/Estado, que es el meollo de la Unión Europea, puede naufragar si los pueblos europeos se alzan para persistir en su ser, para evitar el exterminio, para reproducirse y tener hijos, para liquidar los poderes estatales/empresariales que nos aniquilan

         Muchas más cuestiones hay que ir analizando y trasladando a la opinión pública. El conjunto formará un corpus argumental con el que mover en la calle a los pueblos contra el hecho migratorio y quienes lo realizan y defienden, por la revolución popular, por una sociedad comunal autogobernada y autogestionada.

         Para ello hace falta inteligencia, cómo no, pero sobre todo valentía, Quien se atreva debe saber que va a ser linchado por los poderes establecidos y perseguido por sus partidas callejeras de la porra, lo que alguien ha denominado “ejército del terror” del capitalismo globalizador. La valentía y el coraje son, en este asunto, el componente esencia de la metodología necesaria.

         Este debate lo perderá el poder constituido y lo ganará el pueblo. En los hechos así está siendo ya.  

martes, 25 de julio de 2017

¿POR QUÉ EL RACISMO SE HA CONVERTIDO EN EL PECADO NEFANDO DE NUESTRO TIEMPO?


         La equívoca elevación mediática del racismo (en verdad sólo de una de sus manifestaciones, no de todas y ni siquiera de la ahora más peligrosa) a uno de los grandes males con exclusión de otros, operación que es dirigida, organizado y subvencionado institucionalmente, necesita una explicación. Hoy “todos” están en contra del racismo, al menos del racismo hostil a las gentes de piel oscura, pero muy pocos se posicionan con la misma determinación y furia en contra de la presente concentración de la riqueza y la propiedad, como nunca antes ha existido, que se realiza en la gran empresa multinacional y en los aparatos estatales. Es una minoría todavía más exigua la que se ubica en oposición al Estado actual, policial, militarista y extractor por coerción extraeconómica de fabulosas riquezas de las clases populares para, también, suministrárselas a la gran empresa privada. Que muchos millones de personas en los países europeos, sobre todo en España, vivan en situación de pobreza afrentosa que se hace cada día más grave y extendida, sobre todo gente joven, no suscita ni mucho menos el rechazo del racismo.

         ¿Qué hace de éste una práctica tan universalmente aborrecidas, al menos en una primera aproximación?

         En sus fases iniciales el capitalismo se sirvió del racismo de diversas maneras. Racismo contra los trabajadores, a los que tenía por “étnicamente degenerados”; racismo contra los pueblos vecinos, a los que deseaba conquistar; racismo contra las gentes de otros continentes, etc. Antaño “todos” eran racistas convencidos, de manera similar a como hoy “todos” son antirracistas militantes…

En su desarrollo, el capitalismo se va desprendiendo de relaciones sociales e ideologías que le son impropias, heredadas del pasado, como es el esclavismo y su pervivencia en el racismo antinegro, pues su modo específico de explotar y dominar a los trabajadores está en el régimen salarial, formalmente contractual. Por eso necesita transitar desde un mercado imperfecto a otro perfecto, desde un ser humano que sólo parciamente se define por la economía al “homo oeconomicus”. En esta triunfal ida hacia su plenitud, el capitalismo ansía (y necesita) dejar atrás la fase en que los seres humanos fueron calificados con categorías ajenas al mercado.

         Una de ellas era la raza. Ésta no es un atributo económico, no computa el dinero o el capital-dinero del individuo, sino algo ajeno a lo económico. En un orden donde el mercado (siempre tutelado por el sistema de Estado/Estados, a través principalmente del sistema legal, del Derecho burgués codificado en el siglo XIX) lo ha de decidir todo, cada individuo debe valer y ser el dinero, o la propiedad medible en dinero, que posea y nada más. Únicamente en tal situación puede hablarse de mercado perfecto. Poner trabas a la circulación del capital, y a la circulación de la mano de obra, debido a categorías extrañas a lo económico, es una situación indeseable, y con el paso de los años incluso muy indeseable. Si la cuestión de la raza dificulta, por poco que sea, la movilidad del capital y la mano de obra, en ese caso hay que proyectar y realizar una ruidosa y agresiva campaña mundial contra el racismo, la hoy en curso.

          La fluidez en el mercado mundial de los factores productivos, el capital y la mano de obra, favorece la tendencia natural del capitalismo a la concentración y la acumulación de la propiedad y los recursos financieros, a hacer cada vez más ricos y despóticos a una minoría ínfima, y cada vez más explotados y expropiados a la gran mayoría de trabajadores y asalariados. Por eso el poder constituido se despepita por eliminar todas las trabas y limitaciones extraeconómicas, la raza en primer lugar (las diferencias por sexo, credo, etc. también), para que cada persona sea exclusivamente los recursos monetarios que posea o la fuerza de trabajo que esté en condiciones de allegar al mercado.

         Así pues, a más activismo simplemente antirracista más perfecto será el mercado, y más se profundizará la división entre una minoría super-rica, y por ello mega-poderosa, y el resto de la población. El mercado mundial capitalista, de por sí, no es racista (la plusvalía y los beneficios empresariales carecen de color de piel) pero si es ferozmente clasista, por creador de desigualdades crecientes. De ahí que el “final” de las diferenciaciones entre los seres humanos a causa de la raza, etc., vaya unido a un incremento colosal, nunca visto, de la desigualdad por posesión de la propiedad y los fondos fiduciarios.

         Esto no debe entenderse como una contraposición entre racismo y clasismo sino como una explicación de por qué la acción contra el racismo, si no va unida al compromiso revolucionario en pro de un sistema económico comunal autogestionario (surgido de la expropiación del gran capitalismo por el pueblo), se sitúa en el terreno de lo que interesa y urge a la empresa multinacional del siglo XXI. Todo racismo y todos los racismos son execrables, al destacar en el ser humano lo que es irrelevante, los caracteres étnicos, pero todo clasismo lo es muchísimo más aún, al otorgar a una minoría un poder de vida y muerte -literalmente- sobre la gran mayoría.

         El mercado (más exactamente el conglomerado mercado-Estado), ni el imperfecto de antaño ni el perfecto (o casi) de hogaño, puede ser aceptado como regulador básico de la vida económica, pues de él resulta la acumulación de la riqueza y la expropiación de los pequeños propietarios, así como la trituración codiciosa de los asalariados, cada día más intensa. En efecto, el descenso de los salarios reales en el último lustro produce vértigo, sin que por el momento haya surgido un activismo dedicado a denunciarlo, equivalente en ímpetu y agresividad al antirracista, casi siempre subsidiado desde el poder/poderes. Los oligarcas de las finanzas son tiranos públicos que hay que derribar como clase para que triunfe la libertad, social e individual. Hoy, la principal forma, con mucho, de desigualdad entre los seres humanos, proviene de su relación con la riqueza y al poder estatal, y es ahí donde hay que centrar la acción subversora.

         Quienes, ingenuamente y con la mayor buena fe, creen que su compromiso simplemente antirracista les permite hacer una aportación a la mejora de la condición humana, se equivocan. En realidad, están contribuyendo a la creación de un “homo oeconomicus” absoluto y un mercado capitalista perfecto, lo que causa escalofríos. Practicar el antirracismo sin revolución es situarse al lado de los muy ricos y a su servicio. No basta con las buenas intenciones, hay que unir la voluntad de servir a la humanidad, en este caso resistiendo al racismo, a los racismos, con un esfuerzo de la inteligencia que permita diferenciar entre lo que sólo parece bueno y lo que es realmente bueno. Quienes actúan movidos por un idealismo sin fundamento reflexivo se hacen agentes inconscientes de las fuerzas oscuras más tenebrosas.

         Por lo demás, la economía, mal que les pese a los doctrinarios del economicismo, es parte y no todo, y además parte subordinada a la política, así que por razones de dominio y ventaja política son ahora promoviendo desde el poder constituido nuevas formas de racismo, entre las que destaca el racismo antiblanco. Pero esto es otra cuestión a estudiar en un próximo artículo.

jueves, 13 de julio de 2017

VENEZUELA, DAR EXPLICACIONES

         Asistimos a la agonía del chavismo. Los acontecimientos indican que tal régimen ya no interesa a las elites políticas, económicas y militares venezolanas, debido a su impopularidad e ineficiencia global, por lo que progresan las maniobras e intervenciones dirigidas a sustituirlo por otro, vulgarmente parlamentarista. Ahora son los partidos de la derecha lo que están siendo promovidos por la oligarquía. La acción partidista se dirige asimismo a evitar un alzamiento popular espontáneo contra el chavismo, similar al que derrocó al tirano comunista/fascista Nicolás Ceaucescu en Rumania en 1989, lo que podría llevar a una situación problemática en la calle.

         Se trata, en consecuencia, de que quienes de buena fe y con la mejor intención dieron respaldo público a Chávez y a su régimen se atrevan ahora a, también públicamente, admitir que se equivocaron, señalar las causas de su error, establecer las vías para no volver a incurrir en él y pedir disculpas. Están moralmente obligados a ello, y también políticamente.

         Los que apoyaron el chavismo porque eran financiados desde Venezuela, ellos o las rancias fuerzas políticas a las que pertenecían, no van a explicar nada ni a disculparse, ya que son una parte del aparato del poder aún actuante allí, y un apéndice del gran capital chavista. Se hundirán con Maduro, y sólo sus bolsillos lo lamentarán, dado que son aventureros y filibusteros de la política que cobran de todos y se enriquecen con todos.

         Los que vitorearon a Chávez con la mejor intención, creyendo que en Venezuela estaba teniendo lugar una “revolución”, tienen que empezar por ahí, por reflexionar sobre la noción de revolución. Por su misma naturaleza es un acontecimiento popular, realizado desde abajo, el pueblo contra el Estado, para lograr su derrocamiento e imponer un sistema de autogobierno popular por asambleas y una economía autogestionada. En Venezuela lo que se ha efectuado han sido los primeros pasos de una vulgar  y tópica “revolución desde arriba”, con el ejército como guía y elemento agente. Conviene recordar que Hugo Chávez era teniente coronel y que actuó como cabeza del aparato militar, el mismo que desde la independencia en 1811 está reprimiendo y acuchillando a las clases populares.

         Una revolución dirigida por el ejército, el venezolano o cualquier otro, es imposible, es una anti-revolución. El ejército es siempre y en todo lugar la forma superior del poder oligárquico y el blanco principal de cualquier verdadera revolución, que necesariamente ha de ser popular.

         Otros, algo más lúcidos, pensaban que si bien el chavismo no era revolucionario al menos era “antiimperialista” y, además favorecía a las clases populares, elevando su nivel de consumo. Luego veremos en qué consistió el dudoso antiimperialismo de Chávez, pero ahora se dirá que ampliar el nivel de vida de la gente trabajadora debe resultar de su propio esfuerzo, no de la acción paternalista, asistencial y caritativa del Estado, dirigida a corromper y sobornar a las gentes modestas, poniéndolas al servicio de los planes del gran capitalismo, que fue lo que con cierto éxito durante un tiempo hizo el chavismo, hasta que el desplome del precio del petróleo le dejó sin fondos para comprar desvergonzadamente a la plebe. Ahora las condiciones materiales de existencia de un sector enorme y creciente de la población son todavía más bajas que antes de Chávez, con pobreza e incluso hambre en fase de generalización.

         ¿Qué ha sido la “revolución bolivariana”?, ¿cómo entender su “socialismo del siglo XXI”? Para comenzar hay que señalar que es una revolución singular, pues mantiene y fortalece el aparato de Estado, sobre todo el ejército, y desarrolla el gran capitalismo, el privado no menos que el estatal. Toma del ideario socialdemócrata, y también del fascista, la suposición de que una enérgica intervención del Estado obligará al gran capitalismo a obrar de manera “social”, además de cumplir aquél una función “redistribuidora” de la riqueza, pretendidamente porque el aparato estatal va a imponer fuertes cargas fiscales, “socializar” (nacionalizar, o sea, estatizar) las grandes empresas, etc., con lo que obtendría una gran masa monetaria que sería distribuida entre el pueblo…

         Eso lo hemos leído y escuchado miles de veces, y también hemos seguido los ensayos que se han realizado en numerosos países para aplicarlo, con unos resultados siempre nocivos. La causa última es que el Estado y el capitalismo forman un par íntimamente conexionado, lo que impone que el crecimiento del primero siempre esté al servicio del segundo. Por ejemplo, en Venezuela hubo dádivas y limosnas -perversas- para la plebe, aunque muchas menos de lo que se suele decir, mientras abundaron los ingresos petroleros pero en cuanto éstos escasearon todo los fondos disponibles se han destinado a las grandes empresas, han ido a mantener elevados los beneficios del gran capitalismo estatal y privado. Eso explica, en última instancia, la dramática penuria de medios de vida y consumo básicos que padece la gente de la calle ahora. En el presente, se ha terminado el paternalismo estatal porque los ricos, incluida la muy corrupta “clase política” chavista,  se quedan con todo…

         El “antiimperialismo” es otro de sus mitos mendaces. Respecto a EEUU el gobierno bolivariano siempre ha cumplido todos los acuerdos y compromisos que tiene con él, hostilizándole sólo de forma verbal y palabrera: a eso se reduce su oposición. Pero es cierto que el proyecto del teniente coronel Hugo Chávez pretendía ir reduciendo el poder y presencia del imperialismo yanki en Sudamérica, para crear un vacío que debía ser llenado por un nuevo imperialismo regional, precisamente el bolivariano. Ese es el meollo del proyecto chavista, apoyarse en el petróleo (del que Venezuela tiene una de las mayores reservas del planeta) para convertirse en el nuevo poder imperial, económico, político, diplomático y militar, de esa zona del mundo, en un subimperialismo de nueva data.

         Así pues, el “socialismo del siglo XXI” combina el apetito imperialista y el asistencialismo social-estatal a gran escala con el alto mando militar dirigiendo la operación entre bastidores. En ello no hay mucho de nuevo, pues son numerosos los países del Tercer Mundo que, en algún momento de su historia, han implementado políticas similares, aunque distinguiéndose la bolivariana por su elevado uso de retórica pseudo-marxista.

         La clave de bóveda de la operación fueron, según se expuso, los inmensos ingresos por petróleo que en la época de los precios muy altos del crudo entraban en el país, lo que creó una euforia social descomunal, permitiendo incluso el soborno y compra de numerosas agrupaciones políticas, partidos y personalidades por todo el planeta, sobre todo en España. La idea de construir no se sabe qué “socialismo” sobre la base del mercado mundial capitalista, con los ingresos obtenidos en él, es de risa…

         El mercado capitalista, al divisar precios muy altos de esa materia prima, activó los mecanismos correctores, haciendo que la oferta de crudo se ampliase notablemente, debido a nuevas formas de producir energía (fractura hidráulica, eólicas, biocombustible, gas, etc.), por lo que en los inicios del presente decenio aquéllos comenzaron a retroceder rápidamente, hasta casi desplomarse. Con ello, el chavismo se acabó.

         Pero previamente, con los precios altos, tuvieron lugar procesos económicos de una gran letalidad. Describiré uno. Cuando la demanda exterior de muy caro petróleo venezolano era enorme, la moneda nacional del país, el bolívar, se apreció de manera proporcional al flujo de las ventas en el exterior, lo que por un lado hacia muy difícil exportar cualquier otro producto que no fuera el crudo y por otro otorgaba a los bienes importados unos precios inferiores a esos mismos elaborados en Venezuela. Con ello, los diversos sectores productivos interiores, en la agricultura, la artesanía, la pesca, la ganadería, la industria, etc., entraron en una fase de mengua e incluso liquidación. Por el momento, eso parecía un hecho irrelevante, pues todo lo que necesitaba el país podía importarse pero, años después, el desplome del precio del petróleo se dio en el marco de una economía que dependía del exterior para todo, con una gran burguesía compradora que obtenía muy elevadas ganancias meramente importando bienes básicos, y que por ello no deseaba reactivar la producción autóctona.

         Como, además, los teóricos de la revolución bolivariana (entre los cuales destacan personajes sobrados de furor dogmático, como Ignacio Ramonet, biógrafo del caudillo Chávez y gran sostenedor teorético del desastroso proceso bolivariano) concluyeron que los ingresos por el petróleo tenían que invertirse en los sectores donde fueran más productivos conforme a las demandas del mercado mundial, no se atendió a la producción de bienes básicos, que son los que el pueblo necesita. Eso ha establecido una economía asombrosamente desequilibrada, que padece de escasez crónica de medios de vida a la vez que proporciona muy elevados beneficios a la gran empresa venezolana.

         El designio de lograr un desarrollo máximo del capitalismo centrando todo o lo más importante de la actividad económica en una materia prima dirigida a la exportación ha sido efectuado en varias ocasiones en diversos países, siempre con resultados pésimos para sus pueblos. Lo hizo Cuba en tiempos de Fidel Castro con el azúcar, Argentina con la carne un poco antes (hoy sigue en ello con la soja), Chile con el cobre (antes con el guano), Bolivia con el estaño, etc. Ese obrar es exactamente lo que el gran capital globalizador propone, así que no puede comprenderse que desarrollar el capitalismo más agresivo sea “socialismo”. La hiper-dependencia del mercado mundial que el chavismo practica, con aniquilamiento de la pequeña y mediana producción local de autoabastecimiento nacional, es lo propio del neoliberalismo, que sus seguidores denuestan de palabra, manifestando una doblez e impudicia enormes, para que no se perciba que ellos son en los hechos neoliberales prácticos y globalizadores enardecidos.

         El descomunal fiasco económico del chavismo es el del fracaso de un proyecto para crear un gran capitalismo de naturaleza subimperialista a toda velocidad, en muy poco tiempo, con el Estado (sobre todo el ejército) dirigiendo la operación. Aquél creyó con la fe del carbonero en las excelencias del mercado mundial pero no comprendió que éste no es una institución natural sino un mecanismo propio del capitalismo global subordinado a las grandes potencias, que prima a los más poderosos y debilita a los que lo son menos, según la regla de la acumulación y concentración del capital. Una economía popular autogestionada es la única que puede resolver las necesidades básicas de la población, y la primera condición para ello es salir del mercado mundial, que en el caso de Venezuela equivale a no organizar la economía sobre la base de una materia prima, el crudo. La poliactividad, y no la monoproducción, es lo propio de una economía popular autogestionada sin ente estatal ni clase patronal.

         La puesta en evidencia del proyecto bolivariano está fomentando un descontento popular formidable en Venezuela, que por el momento es utilizado por los partidos de la derecha, y que llevará a corto o medio plazo al final del gobierno chavista. La situación es tan desesperada para las clases subalternas que puede haber una explosión popular, como se dijo. Tal es el temor que unifica a derechistas y chavistas.

         Es posible, aunque no probable, que la ruptura con el chavismo lleve a una situación revolucionaria, a una emergencia radical desde la base del pueblo dirigida a extinguir el perverso poder de la oligarquía autóctona, que se impuso a las clases populares en 1811 tras expulsar al colonialismo español. Bolívar, una personalidad aristocrática, maquiavélica, racista, que sentía hacia la gente modesta un desprecio ilimitado, dirigió la construcción del nuevo Estado destinado a proteger la gran propiedad y a los ricos. Reclamarse de sus ideas y de su herencia política es descabellado, algo así como hacerlo en España del general Espartero…

         Venezuela necesita de la revolución. Esperemos que finalmente estalle y barra a la hiper-corrupta casta chavista (ahora entregada a detener, torturar y asesinar a las gentes que se manifiestan en la calle) tanto como a la derecha, al ejército tanto como a la gran empresa estatal capitalista dedicada a mercadear con el petróleo.

         En este marco quienes con la mejor intención lisonjearon al chavismo tiene ahora que hacer balance crítico-escéptico de su ejecutoria, admitir que se equivocaron, hacer suyo el programa de la revolución popular mundial y respaldar la acción revolucionaria del pueblo venezolano. La lectura del libro “I Encuentro de reflexión sobre Revolución Integral. Recopilación de textos”, 2015, es apropiada.

jueves, 22 de junio de 2017

EMPAREJADAS CON LOS PSICOFÁRMACOS

        Los datos son alarmantes, y cada año que pasa más. El 25% de las mujeres toman ya antidepresivos a diario, y las bajas laborales por depresión están en crecimiento, constituyendo, al parecer, la principal causa de su inasistencia femenina al trabajo. De ser un problema mínimo hace sólo un par de decenios se ha hecho una cuestión de primera significación.

         Según algunos expertos la depresión mayor es originada por desequilibrios químicos en el cerebro, por lo que tiene un eficaz tratamiento médico-farmacéutico. Otros lo niegan o dejan esa etiología reducida a un número muy pequeño de casos, proponiendo que las causas de la gran mayoría de esta perturbación del espíritu son vivenciales, existenciales. De creer la primera interpretación, habría que explicar por qué en los últimos dos decenios se están produciendo aquéllas alteraciones fisiológicas de un modo tan masivo y creciente en las féminas…

         La depresión grave es dolor emocional y sufrimiento psíquico, en ocasiones muy intensos. Incluye tristeza, apatía y pesimismo, ausencia de vitalidad, desexualización y fobia relacional, incapacidad de trabajar y fantasías autodestructivas. La medicina ortodoxa lo trata con la denominada “píldora de la felicidad”, a base de fármacos hoy bastante populares, Prozac, Celexa, Paxil, y otros. Se toman ¡y todo resuelto! En la realidad las cosas resultan ser más complicadas.

         Tales específicos son, para empezar, tóxicos, y su ingesta no es buena para el organismo, recelándose que originen daños cerebrales, en particular cuando se administran durante largas temporadas, o de por vida. Esto es negado por la industria farmacéutica pero estudios de laboratorio más imparciales y, sobre todo, la experiencia de su uso habitual, dejan lugar a escasas dudas. Además, producen adicción, pues son drogas (legales) similares a las anfetaminas, de manera que su consumo es adictivo, con síndrome de abstinencia cuando se abandonan. Suscitan trastornos en el ánimo, con irritabilidad, ofuscación, autoodio (autolesiones y suicidio), inhibición de la libido, ataques de pánico, insomnio y otras perturbaciones. Se sospecha con fundamento que hay una relación entre su deglución y la perpetración de asesinatos, así como con la práctica de actos suicidas. Además, incrementan el riesgo de accidentes de tráfico. Así pues, lejos de ser píldoras que devuelven milagrosamente la alegría y la vitalidad lo que hacen en reforzar los componentes del lúgubre estado de ánimo y modo de existir propios de la persona depresiva.

         Su consumo prolongado, que es lo habitual en las mujeres, igualmente altera negativamente el carácter, haciéndolas poco aptas para adecuarse a los cambios, las nuevas situaciones y las dificultades, reduciéndola a una existencia vegetativa, por pasiva, rutinaria, aletargada y nulificada, además de particularmente vulnerable. Crean dependencia, según se dijo, convirtiendo a la mujer en drogadicta dentro de la legalidad, unida por férreos vínculos de subordinación y sumisión a su psiquiatra-traficante. Para algunos el uso de estos pseudo-fármacos institucionales es “más peligroso que las drogas ilegales vendidas por las camellos en las esquinas”. La situación es aún más inquietante debido a que lo habitualmente tomado es un cóctel de fármacos, que unifica antidepresivos, analgésicos, ansiolíticos y otros…

         Íntimamente relacionados con tales padecimientos están determinadas disfunciones físicas, trastornos en la alimentación (anorexia y obesidad), retirada del periodo a edades tempranas, envejecimiento corporal prematuro, dificultades para quedar embarazadas, reducción de la masa muscular, pérdida de cabello, etc.

         Todo ello debe explicarse desde la condición y estatuto de la mujer hoy. En apariencia, la situación parece maravillosa. El Estado y el gobierno “protegen” a la mujer, haciendo leyes parciales hacia ella (como la de Violencia de Género, explícitamente sexista), otorgándola privilegios económicos y de otros tipos a la vez que humillan y persiguen al varón. Los medios de comunicación, los políticos y la intelectualidad emiten una interminable locuacidad adulatoria hacia las féminas. La captura de entidades mandantes y puestos de poder por las mujeres está en flujo, de manera que cada año hay más féminas gobernantes, altas funcionarias, multimillonarias, profesionales exitosas, etc., hasta el punto de que en pocos años quizá superen a los varones en tan viles quehaceres. La autonomía e independencia personal de la mujer como realidad sociológica es, al parecer, inmensa y creciente. Su incorporación a la actividad productiva resulta ser colosal. En las universidades se gradúan cada año más mujeres que varones. En suma, un panorama impresionante…  que está siendo puesto en cuestión por la expansión, hasta ahora imparable, de las dolencias psíquicas englobadas en el vocablo “depresión”, así como de sus secuelas físicas.

         Si las causas son existenciales y sociales, ¿cuáles es posible citar como principales?

Se enumerarán diez: 1) La ausencia de vida relacional en una sociedad entregada a la hostilidad interpersonal, la soledad perdurable, la fragilidad convivencial y el desamor. Si el amor es una necesidad primaria del ser humano su cuasi imposibilidad hoy perturba lo más profundo de su naturaleza, en la mujer y también en el varón, aunque tal vez más en aquélla. 2) La falta de realización libidinal, erótica, sexual y maternal, en un sistema que desincentiva el tener hijos porque aceptar inmigrantes es mucho más barato, que desexualiza y que persigue maquiavélicamente lo libidinal heterosexual por sus posibilidades reproductivas. 3) El régimen de “protección” sexista/neo-misógino de la fémina hoy a cargo de las instituciones, calamitosamente neo-patriarcales, que dificulta e incluso impide a la mujer ser por ella misma y la infantiliza, con lo cual la hace menos apta para enfrentarse a una realidad social crecientemente hostil, de donde resulta angustia, frustración, temor e impotencia, o sea, depresión. 4) La congoja de criar hijos en una sociedad atomizada y desestructurada, construida para el trabajo asalariado y el dinero, no para la crianza, la maternidad y los niños, lo que es percibido con desasosiego y tensión por las que ya son madres y más aún por las que quisieran serlo pero se siente incapaces de sortear los obstáculos, de donde resulta una frustración del deseo materno que corroe en lo psíquico y lo físico al 90% de las jóvenes. 5) la desintegración de la feminidad, debido a la conversión forzada y brutal de la mujer en fuerza laboral o mano de obra, lo que hace que hoy no se sepa qué es ser mujer, en qué consiste ser persona-mujer y como obrar según lo que se es/no se es, extrañísima situación que origina un caos de identidad con perturbación psíquica profunda. 6) La extinción tendencial de la familia/familias (existen diversos tipos), demonizada por todos (cada cual a su modo) y casi demolida ya para que el Estado y la gran empresa consigan avasallar absolutamente al individuo, que ha de ser uno y sólo uno, frágil criatura solitaria sin nada de colectivo, de “nosotros”, para que de esa manera resulte lo más débil y vulnerable posible, operación de la que la fémina es la víctima principal. 7) La vida en las grandes megalópolis, que multiplica por mucho todos los males descritos, al ser la gran ciudad una realidad antinatural particularmente aciaga para las mujeres, 8) El trabajo asalariado, progresivamente degradado, con más autoritarismo y violencia (ejercidas por mujeres-jefas cada día más) contra las trabajadoras, que no logran hallar en esa actividad neo-esclavista las maravillas “liberadoras” que las multisubsidiadas agentes ideológicas de los empresarios prometen. 9) La pobreza, ya ahora, con salarios de 400/600 euros. 10) La zozobra respecto al futuro, pues con la Seguridad Social medio quebrada, la economía incierta y la prohibición institucional de tener hijos, ¿quién va a atender a las mujeres mañana, en la vejez?

         Es comprensible que muchas féminas se estén desmoronando mentalmente, por causa de esa vida insensata, deteriorada, no-humana e intolerable. En el actual régimen neo-patriarcal el “pater familias” es el Estado, que es quien “protege” y “cuida” a la fémina, tenida por menor de edad e inferior, por tanto, incapaz de cuidarse a sí misma. En primer lugar la “protege” (separa y enfrenta) de los hombres, presentados por el celoso y posesivo “pater” como los enemigos por excelencia de las mujeres, al tenerlos por sus competidores. Todo esto es tan antinatural, tan perverso, tan deshumanizado y tan demente que un número creciente de mujeres responde con formas particularmente graves de patologías anímicas, y también con el suicidio. No es llevadera una existencia “sin”, es decir, sin afectos, sin sociabilidad, sin erotismo, sin relaciones, sin hijos, sin familia, sin recursos materiales, sin proyecto de vida, gastada en someterse coercitivamente al nuevo “pater familias” y a sus sádicas agentes, las jaurías subvencionadas por el Ministerio de Igualdad, enfrentada con todos (con los hombres porque son hombres y con las mujeres porque son jefas, o competidoras, o…), con una confusión enorme sobre la propia identidad y acerca del modo de obrar y comportarse en el día a dia. De manera que las mujeres más sensibles, o más débiles, o más expuestas, o más solas, se vienen abajo.

         En realidad, toda la sociedad, todas las clases populares, se están desmoronando. Un caso es el tratado pero otro la nueva arremetida de las drogas “ilegales” entre los varones, de tal modo que como dice un buen conocedor, “ahora consume todo el mundo, ya no queda nadie que no lo haga”. Es comprensible (aunque no apoyable), pues la existencia se ha convertido en un infierno cotidiano. Por eso las drogas, las legales y las “ilegales”, son un modo de autodestrucción, de suicidio, de salida trágica de una existencia atroz, hecha de sufrimiento sin satisfacciones ni significación, que ciertamente no merece ser vivida.

         Avanzamos hacia una situación en que una porción mayoritaria de la población está, por decirlo de una manera franca, enloqueciendo, agrediéndose y matándose, al haber sido despojada incluso del instinto de supervivencia, al ser obligada por el sistema de dominación a llevar una vida sin sentido, terrorífica por no-humana. Así las cosas, cabe formular una pregunta más, secundaria con todo pero no irrelevante, ¿quién va a pagar, quién está pagando ya, los costes, los gastos de todo ello, en una sociedad progresivamente más pobre? El consumo masivo de psicofármacos es muchísimo más que la imposición de la industria farmacéutica, es la expresión de una quiebra en lo más profundo de nuestra condición de seres hiper-dominados y no-libres, la prueba de que ya no sirven los remedios dentro del sistema, por razonables y parcialmente paliativos que sean[1].

Se acerca el momento de elaborar un programa y dar la batalla en esta cuestión, la de la devastación planificada de las féminas por el actual orden neo-patriarcal.

Mientras, queda invitar a las mujeres a que se divorcien y aparten de los antidepresivos, a que confíen en sí mismas y localicen en su interior las fuerzas, que sin duda existen, tienen, para recomponer su existencia y volver a ser seres humanos-mujeres con capacidad para vivir desde ellas, por ellas y con ellas. El sitio de los psicofármacos es el cubo de la basura, y el de las mujeres la existencia relacional, la totalidad de la vida, la revolución. Junto con los varones y contra el Estado y las grandes empresas, con la confianza que, sin ir más lejos, el amor y el erotismo es un remedio infinitamente mejor que las temibles “píldoras de la felicidad”, otro instrumento para el control mental y político de las mujeres. La alegría, la voluntad de vivir y la esperanza tienen que ser elecciones a priori, modos de existir y estados psíquicos propios y cotidianos, pase lo que pase.



[1] El análisis que ofrece Peter C. Gotzsche en “Medicamentos que matan y crimen organizado. Cómo las grandes farmacéuticas han corrompido el sistema de salud” contiene datos de interés pero las conclusiones y las propuestas son desacertadas, por simplistas e institucionales. El problema es muchísimo más que la codicia de esas formaciones capitalistas, y el remedio exige medidas incomparablemente más radicales que crear una agencia gubernamental (¡otra más!) que “controle” a dichas empresas. Gotzsche no penetra en el análisis de la quiebra vivencial de nuestra sociedad y del individuo medio, por lo que pretende que en una sociedad enferma y perversa las personas se conserven anímicamente sanas. Ni siquiera atisba los enormes cambios, hasta conformar toda una revolución, necesarios para que la gente del siglo XXI no siga hundiéndose en las patologías del alma y autodestruyéndose de manera inducida.

viernes, 26 de mayo de 2017

SOBRE NATALIDAD, DEMOGRAFÍA, BIOPOLÍTICA Y SEXO

           El desplome de la natalidad en lo que se conoce como España, la cual se sitúa ya en 1,2 hijos por mujer y continua descendiendo, sin que se atisbe ningún mecanismo de corrección, ni institucional ni popular ni espontáneo, ha llegado a ser uno de los grandes problemas de nuestro tiempo, que está demandando un trato reflexivo cuidadoso y extenso. Este artículo es, por ello, el inicio de una sucesión de intervenciones de diversa condición que irán considerando el problema en su conjunto así como sus manifestaciones parciales. Todo ello con un fin transformador y constructivo, aportar ideas para remediar la calamidad demográfica en curso, que es por ella misma catástrofe cultural, relacional, económica, asistencial y civilizacional.

            El asombroso grado de embrutecimiento, ignorancia e insensibilización que padece nuestra sociedad le impide tomar conciencia y reaccionar ante las grandes cuestiones, al prestar toda su atención a cominerías y bagatelas, cuando no a autenticas depravaciones, desde entelequias politiqueras como “la lucha contra la corrupción”, esa feliz utopía para necios, hasta los planes para las próximas vacaciones o las mascotas, hoy las principales receptoras de cariño y cuidados del ciudadano medio. En efecto, mientras los niños y niñas son considerados con indiferencia emocional, cuando no con disgusto y aborrecimiento, perros y gatos, peces y pájaros, provocan efusiones sentimentales de una intensidad y persistencia que causa estupor. El amor que no se es capaz de proporcionar a los niños se da a los animales.

En ello se manifiesta también la aberrante naturaleza de la actual sociedad y de una buena parte de sus integrantes, hombres y mujeres, que colocan a los seres humanos en el último lugar, lo que es un antihumanismo de muy inquietante significación. Odiar obstinadamente lo humano y derretirse de emoción ante lo no-humano es parte medular del régimen patológicamente sensiblero-sádico de nuestro tiempo.

            La inquina hacia la maternidad y hacia los niños forma parte del estado de ánimo prevaleciente. Las mujeres que se atreven a ser madres han de hacer previamente un acopio de heroísmo, pues van a ser miradas mal, vituperadas y perseguidas, por la propia familia, por la sociedad en su conjunto y, sobre todo, por la empresa donde trabajan. Todos sabemos que las mujeres-madres no son queridas en los empleos, que su estatuto laboral suele ser mucho peor que el de las que renuncian, de buena o mala gana, a la maternidad, y muchísimo peor que el de las lesbianas y que aquellas féminas que se han mutilado (ligadura de trompas, etc.) para no ser madres, para no “caer en la tentación”. Así pues, es el mismo régimen salarial, el mismísimo capitalismo, el que está haciendo caer la natalidad hasta guarismos que ya no garantizan ni siquiera la continuación de la sociedad.

            Algunos, para exculpar al capitalismo, al empresariado, al sistema económico vigente, sostienen que son “las políticas de género” las responsables de la persecución de la maternidad, pero no. Tales malignas políticas son sólo una parte del problema, y además ellas mismas representan los intereses de la clase patronal. La hipocresía es mucha en este campo. Por ejemplo, la Iglesia condena el aborto pero defiende a los empresarios que obligan a las mujeres a abortar por mera codicia, para maximizar sus beneficios.

            En efecto, hasta el 80% de los abortos tiene como causa última o inmediata, directa o indirecta, la presión de los empresarios y las empresarias (a veces de una agresividad superlativa) sobre las mujeres. Éstas son forzadas a echar fuera violentamente lo que llevan en su seno para que su vida laboral tenga alguna posibilidad de ser exitosa. A eso se une que el modo de vida de la sociedad urbana, atomizada, aculturada y desorganizada (donde nadie conoce a nadie y nadie se relaciona de forma intensa y sincera, estable y duradera, con nadie), hace imposible que las madres reciban la ayuda que precisan en los momentos difíciles de la crianza, sobre todo en el primer año de vida del bebe.

Dado que la familia se ha casi desintegrado, la extensa, que era la verdadera familia, hace ya mucho (la aniquiló el franquismo, tan nacional-católico él…) y la nuclear ahora, las guarderías, que pretenden, conforme a la frasecita institucional, “hacer compatible el trabajo con la vida laborar de la mujer”, no son solución, por diversos motivos, comenzando porque es aberrante que a un niño o niña de cuatro/seis meses se les deje abandonados 9-11 horas en un lugar generalmente deplorable e incluso horrendo. Tales bebés no serán personas sanas psíquicamente quizá nunca, por causa de tan antinatural tratamiento. Eso lo saben las posibles madres y muchas prefieren no serlo antes que tener que dar ese trato a sus futuros hijos.

Además, ahora la clase patronal ha aprendido a hacer algo escalofriante, no pagar la reproducción de la mano de obra, debido a que ésta llega en enormes cantidades con la emigración desde los países pobres. Así que, dado que aquélla se ha vuelto gratuita, los salarios de las y los menores de 45 años, que son los en edad reproductiva, no incluyen los gastos de crianza de nueva mano de obra, lo que es una de las causas -hay otras- que explican que sus ingresos sean, por lo general, menos de la mitad de los que tuvieron sus madres y padres en empleos similares. Este hecho económico decisivo nos condena a una catástrofe demográfica, a la extinción de la población autóctona, al exterminio étnico y la sustitución racial, lo que ya se anuncia en el virulento racismo antiblanco que el Estado español está promoviendo, por medio de sus jaurías mediáticas y callejeras. Tal medida afecta también a los emigrantes ya asentados, que son tratados del mismo modo.

Hablemos de biopolítica.

El abastecimiento de mano de obra es el problema esencial de toda sociedad. Sí, es el problema más principal, el número uno, pues sólo el trabajo humano crea valor económico. Este asunto es generalmente incomprendido por los analistas y el público, que se centran en si un país es rico o no en recursos naturales, sin comprender que éstos no pueden ser puestos en valor sin mano de obra, sin seres humanos trabajadores. Tres eran las funciones que cumplía una demografía pujante, abastecer de mano de obra a los propietarios de los medios de producción, proporcionar soldados a los ejércitos y aportar pobladores a las colonias. Así ha sido durante milenios, desde que existen las sociedades con clases sociales, propiedad privada concentrada, religión monoteísta con clero institucional y Estado.

Para asegurarse una demografía óptima se controla férreamente la vida sexual del pueblo. Ésta deja de ser la consecuencia del amor y el deseo para subordinarse a las metas biopolíticas que en cada coyuntura histórica establezca el poder constituido. La presión en ello es enorme, colosal, en un sentido o en otro, pues aunque la gente ignara no lo comprenda, los seres humanos son, también objetivamente, lo más decisivo. Han sido las religiones, junto con el Derecho del Estado y la ideología dominante impuesta desde arriba, los que han regulado la actividad sexual, hasta hace muy poco con fines natalistas. Por ello se confinaba la sexualidad en el matrimonio, se hacía del sexo meramente un medio al servicio de un fin, la reproducción, y se perseguían los erotismos no-reproductivos, sobre todo la homosexualidad y otras “perversiones”. El Código Civil francés de 1804, así como sus copias más o menos serviles, como el español de 1889, recogen tal esquema, que convierten en severísima legalidad.

Todo ello queda alterado con el fenómeno de la emigración, gracias al cual los países ricos pueden abastecerse de mano de obra, e incluso de soldados y policías, en los países pobres. Este hecho, sustentado en la revolución de los transportes y las comunicaciones, posterior a la II Guerra Mundial, ha provocado un vuelco radical en estas materias.

Examinemos algunas experiencias históricas. En Roma las viejas y sólidas costumbres familiares y sexuales de antaño quedaron radicalmente alteradas a partir del siglo II antes de nuestra era, cuando las sucesivas victorias de las legiones arrojaron sobre ella masas compactas de gentes esclavizadas, más mujeres que hombres a pesar de lo que digan los manuales de historia. En efecto, el objetivo esencial de las operaciones de conquista en el exterior no era tanto la adquisición de tierras y riquezas como la captura de mano de obra. Ésta, en la forma de esclavos aherrojados, era llevada al interior del imperio y puesta a trabajar, si bien una parte importante fue liberada en un segundo momento, o sea, convertida en apta para el trabajo por un salario, ellos o sus hijos.

Como consecuencia, la vida sexual de la población conoció un cambio enorme, ya visible en el siglo I de nuestra era. Por procedimientos muy diversos se fue desalentando el sexo heterosexual reproductivo, dado que era muchísimo más barato capturar esclavos en el exterior que criar niños y niñas nacidos dentro de las fronteras del imperio. Así fue mientras los ejércitos de la Urbe perversa y sanguinaria resultaron ser capaces de ir de victoria en victoria. Primero tuvo lugar un periodo de “emancipación” de las severas normas erótico-reproductivas de antaño, en lo que fue la “revolución sexual” del siglo I, cuya meollo era la frivolización y banalización del sexo, en un ambiente de permisividad general con todas las prácticas libidinales… menos con las que llevasen al preñamiento de las mujeres, que fue convertido en un acontecimiento crecientemente tabú. La aristocracia dio ejemplo a toda la sociedad, al negarse al sexo reproductivo, lo que fue sustituido por una muy extendida práctica de la adopción de menores biológicamente ajenos, que eran convertidos en herederos y continuadores de los linajes y las familias, en particular de las más opulentas. La manipulación de las mentes fue tan eficaz que muchas de las más respetables matronas romanas desarrollaron una fobia a la maternidad, que se convirtió en repugnancia invencible hacia lo corporal y sexual en general. Tal fue la base sociológica de la toma de posición del clero eclesial romano ante el sexo, andando los siglos.

Los problemas aparecieron en toda su magnitud cuando el imperio alcanzó sus límites máximos de expansión y las guerras comenzaron ya a ser más defensivas que ofensivas, con la consecuencia de aportar cada vez menos esclavos. Esto tuvo efectos graves pues la sociedad romana ya había perdido el hábito de reproducirse, padeciendo una natalidad baja, y la llegada de nuevas gentes por captura y esclavización era asimismo reducida y decreciente. A mediados del siglo II la situación ya estaba planteada en esos términos, pero hay que esperar todavía casi un siglo para que el problema demográfico se haga pavoroso en Roma, siendo esto la causa principal de la conocida como “crisis del siglo III”. Entonces se ha dado ya una reducción general de la población, y no hay individuos suficientes para las legiones ni trabajadores para los campos y obradores. Las ciudades comienzan a perder vecindario, a menudo hasta despoblarse por completo. La aristocracia romana pacta con los jefes de los pueblos germanos el abastecimiento de mercenarios, que aquéllos aprovechan para ir haciéndose con posiciones de más y más poder, lo que les empujará a apoderarse del imperio a partir del siglo V, si bien la operación no lleva a la liquidación de la vieja élite romana sino a la integración de los germanos en ella, en lo que fue un proceso largo y complejo.

La moral sexual se fue alterando conforme iban cambiando las condiciones biopolíticas. De la frivolidad del siglo I, con sus risibles orgías y bacanales, se va pasando a un ambiente de creciente ascetismo enfermizo, aunque sin que se vuelva a recuperar el vigor reproductivo de la Roma anterior a la expansión imperialista. Se va demonizando más y más lo corporal, el erotismo y la sexualidad, valiéndose de la ideología neoplatónica, que lleva a expresiones aberrantes de ascetismos y pseudo-espiritualidad dentro del paganismo (y después con la Iglesia, traidora al ideario cristiano), que no sólo rechazaban toda sexualidad, sino la higiene y el cuidado del cuerpo en general. Si antaño era pecaminoso tener hijos porque los esclavos resultaban más baratos, en los malos tiempos del siglo III tampoco podía haber sexo reproductivo debido a que la sociedad era demasiado pobre para permitirse los gastos de crianza y porque, en definitiva, resultaba más económico traer mercenarios germanos… De este fenomenal embrollo salió Occidente con la revolución popular altomedieval, promovida por el monacato cristiano revolucionario, que al norte de los Pirineos logra impulso una vez que el imperio de Carlomagno, la última expresión visible de la romanidad en putrefacción, se hunde, a comienzos del siglo X.

Un anuncio del presente estado de cosas lo tenemos en Francia tras la I Guerra Mundial. Ésta, con su descomunal poder carnicero y exterminador, hace añico las proposiciones axiales que sustentan el Código Civil napoleónico de 1804. Se comprende, pues murió más de la cuarta parte de la juventud masculina, a la vez que otro porcentaje similar quedo mutilado, física y/o psíquicamente. O sea, faltaban hombres, en este caso más víctimas del régimen patriarcal que las mujeres, al ser forzados por el Estado a perecer en masa en las trincheras. Así las cosas, no había otra solución que la emigración, de manera que Francia se vale de su hegemonía cultural y financiera en Europa para abastecerse con mano de obra, principalmente masculina, proveniente sobre todo de Polonia, Italia y España.

Ello enseña algo decisivo a los poderes constituidos, al capitalismo, al Estado, algo que no está escrito en ningún libro de historia pero que es decisivo: que los países ricos pueden ahorrarse los gastos de crianza, para hacerse aún más ricos, así pues, más poderosos en tanto que imperios, robando la población a los países pobres. De ese modo entramos en la edad del expolio demográfico a muy colosal escala, con países-granja, dedicados a producir seres humanos, como si fueran pollos o cerdos, para la exportación (Marruecos, Ecuador, Nigeria, etc.) y países consumidores de personas (España, entre otros).

Por eso es Francia, junto con EEUU (que es gran imperio gracias a la emigración, no a la tecnología), la que ensaya ya en los años 20 del siglo pasado los primeros esbozos de la “revolución sexual” que va a tener lugar en Occidente algo más tarde, en los 60. Su fundamento biopolítico es simple: si el abastecimiento de mano de obra e incluso de una parte de los reclutas para los ejércitos puede hacerse fuera del país es muy conveniente que dentro de él la gente tenga los menos hijos posibles, para lo cual hay que introducir cambios enormes en las mentalidades y las costumbre, alterando las nociones y vivencias decisivas sobre erotismo y sexualidad. Al mismo tiempo, se constituye el Estado de bienestar, cuyo axioma fundacional dice que a las gentes les va a cuidar y atender el ente estatal, no la familia, cuando sean ancianos o estén enfermos. La política de pensiones garantizadas para todos junto con la emigración masiva crea un nuevo orden erótico y reproductivo, justamente el que ahora se está desmoronando.

En el periodo de entreguerras aún las cosas no podían ser así del todo. Alemania se manifestó adherida a una moral sexual clásica, represiva al modo napoleónico, no porque fuera nazi, sino porque estaba obligada a ello, dado que no estaba en condiciones de capturar fuera la suficiente mano de obra. Además, al carecer de colonias no podía usar tropas coloniales, como si hicieron Inglaterra y Francia con éxito. En buena medida, Hitler atacó hacia el este no tanto para apoderarse de territorios y materias primas como para atrapar mano de obra, que necesitaba desesperadamente a fin de mantener activa su industria, en particular la militar. Por eso millones de eslavos fueron llevados a Alemania a trabajar, donde eran relativamente bien acogidos para que resultaran productivos y eficaces económicamente. Dado que los jefes nazis tenían en mente un largo periodo de guerras, conocedores de su debilidad biopolítica también por razones geopolíticas, se negaron a emplear masivamente a las mujeres en la industria militar, como sí hicieron sus enemigos, no porque fueran “más reaccionarios” que ellos (todos lo eran similarmente…), sino porque estaban obligados a hacerlo si querían disponer de muchas personas en la generación siguiente para abastecer la industria y el ejército.

Finalizada la II Guerra Mundial están dadas todas las condiciones para una revolución biopolítica y demográfica, que tenía que culminar en una manera nueva -peor, más degradada-de concebir lo erótico y reproductivo. Puesto que se esperaba un gran choque militar con la Unión Soviética, en los años 50 se mantuvo el viejo procedimiento, con una natalidad elevada, pero en el decenio siguiente ya estaba claro que no habría conflicto abierto en Europa, de manera que se puso rumbo a una transformación radical de los parámetros y procedimientos demográficos.

De ello surgió la “revolución sexual” de los 60, un icono de aquellos años, hoy olvidado, junto con el mayo francés del 68, Los Beatles, la rebeldía estudiantil, los hippies y otros antiguallas. Al examinar los libros, más o menos desprovistos de calidad y rigor, que la promueven llama la atención su orientación ideologicista, su incapacidad para establecer las bases sociológicas, biopolíticas y demográficas de los cambios en las mentalidades y las conductas entonces habidos. Todo se presenta como si las viejas reglas sexuales fueran el resultado de meras creencias irracionales, sin base en la realidad, que debían ser desechadas a través de un simple ejercicio de mentalización, de “concienciación” progresista. Se citaba a S. Freud y a W. Reich, se denostaba “la represión sexual”, se culpaba al clero y eso era todo, en lo que fue un despliegue impresionante de ramplonería intelectual, muy propia de aquellos tiempos, penosos en lo reflexivo.

Lo medular de dicha “revolución” era la sustitución del sexo con reproducción anterior por otro en el que ésta fuera escasa y a ser posible casi inexistente. Por eso su elemento central era la píldora anticonceptiva. Se esperaba que las necesidades de mano de obra quedasen cubiertas por la emigración, llegada desde los países pobres.

Pasemos a hacer cálculo económico básico. Si se sitúan los gastos de crianza familiares por persona anuales en 3.000 euros y los gastos de crianza estatales (escuelas, sanidad, etc.) en otros tanto, tenemos que a los 25 años un joven ha ocasionado un coste neto de 150.000 euros. Si multiplicamos esa suma por 7 millones, que son los inmigrantes en España hoy, hallamos una suma ligeramente superior al millón de millones, al billón de euros. Eso es lo que ha aportado a la economía española la emigración, suma proporcionada por las economías de los países pobres, dejando de lado los equivalentes monetarios y demás zarandajas contables. Es decir, cada emigrante que salta de una patera a la playa y llega a territorio español equivale a un ingreso de 150.000 euros, que es lo que habría costado criar a la persona que él sustituye, la cual no ha nacido y por tanto no ha tenido que ser mantenido. Pero eso no es todo. El emigrante medio admite salarios mucho más bajos, lo que aporta una ganancia complementaria a la clase patronal, que en conjunto es también de billones, de muchos billones.

Así pues, estamos ante un descomunal procedimiento para explotar a los países pobres y enriquecer a los países ricos cuyo balance económico hay que calcularlo ¡en billones de euros! Por eso se ha dicho que la emigración es el negocio del milenio, el gran montaje económico en el que sustenta el actual orden mundial. Por eso quienes se oponen a él o se atreven a cuestionarlo son triturados por el poder constituido. En este asunto no se admite la más pequeña discrepancia. Quienes hablamos de esto con voluntad de verdad sabemos que estamos condenados a permanecer para siempre extramuros del sistema, todo lo contrario de los denostadores profesionales del “racismo” y la “xenofobia”, que se llenan los bolsillos a base de gritar a favor de la biopolítica del capital.

Toda emigración es un expolio de la sociedad que emite emigrantes por la sociedad que los recibe. Por ejemplo, en la funesta y exterminacionista emigración del campo a la ciudad en España en los años 60 del siglo pasado, el primero ponía los gastos de crianza y el segundo, es decir, la industria y los servicios, se apropiaba gratuitamente de dichos valores  al recibir a sus habitantes como emigrantes, de manera que las aldeas, que enviaron 6 millones de personas a las megalópolis, se fueron haciendo progresivamente más pobres a la vez que las ciudades más ricas. Así hemos llegado a su situación actual, de completa aniquilación, con 4.000 de ellas, la mitad de los núcleos habitados del país, al borde de su completa despoblación, al estar habitadas por unas escasas decenas o unidades de ancianos, que a su muerte (inminente en muchos casos) las dejaran completamente vacías. Sin embargo, hace sólo sesenta años estaban llenas de vida, movimiento y ruidos, con mucha población joven y cientos de vecinos[1].

El capitalismo opera de ese modo, se apropia de la población de un territorio de manera absoluta, hasta que lo agota, y luego se vuelve hacia otros territorios, a los que saquea a través del hecho migratorio, hasta agotarlos asimismo. El uso “racional” de la fuerza de trabajo exige que los costos de la crianza los paguen otros y que él, el capitalismo, se quede con la mano de obra ya criada, ya formada, apta para trabajar. Si la emigración es muy abundante, como sucede ahora, se niega incluso a incorporar al salario los gastos de crianza, recortando radicalmente aquéllos, e impidiendo a la gente en edad el ser madres y el ser padres. Algo monstruoso y trágico a la vez.

Volvamos al sexo. Para deprimir todo lo posible el nacimiento de niñas y niños, el actual sistema modificó radicalmente la sexualidad, en el sentido de hacerla todavía más aberrante y antinatural. Antes ya lo era, por colonialista, burguesa y empresarial, según el ideario avieso del código napoleónico. Pero luego se hizo aún peor. Introdujo, sobre todo, nueve rupturas, quiebras, grietas o separaciones en la heterosexualidad. Entre sexo y amor. Entre sexo y deseo. Entre sexo y creación de vida. Entre sexo y misterio. Entre sexo y erotismo. Entre sexo y animalidad. Entre sexo y belleza/sublimidad. Entre sexo y crianza. Entre sexo y cariño puro por los niños. Sobre este asunto volveremos una y otra vez, hasta lograr desmenuzar esas rupturas una tras otra, y todas en su interacción, para aproximarnos a lo que es la vida libidinal natural, prepolítica, por tanto previa a toda biopolítica.

Una vez que el hecho sexual heterosexual fue separado del amor, el deseo, la creación de vida, el misterio, el erotismo, la animalidad, la belleza/sublimidad, la crianza y el amor natural por los niños quedó convertido en un sinsentido, en algo grotesco, risible y prescindible. De ese modo dejó de interesar a cada vez más sectores, lo que lleva a la práctica anticonceptiva más eficaz, la ausencia de deseo y por tanto la ausencia de vida sexual. Se equivocan quienes creen que el erotismo es meramente una función de las fuerzas hormonales que operan en el componente zoológico del ser humano. Eso es verdad para el resto de los mamíferos pero no para nuestra especie, salvo de manera secundaria. En ella lo decisivo es lo específicamente humano, lo espiritual y cultural. Esto es así objetivamente y resulta excelente pero tiene como elemento incorporado la posibilidad de que los poderes religiosos y estatales manipulen el Eros conforme a sus necesidades económicas, políticas y militares.

Como sustitutivos proporcionó formas inferiores o aberrantes de sexualidad, la masturbación (inferior porque es solitaria, sin amor), la pornografía, la prostitución (España está a la cabeza de Europa…), el sexo con artilugios, el bestialismo (coito con animales, disculpable) y la pedofilia. Al mismo tiempo, se realiza una campaña de demonización del sexo heterosexual de unas proporciones descomunales, acudiendo a operaciones de ingeniería social tan reproblables como la Ley de Violencia de Género, que correctamente ha sido calificada de norma contra el amor y el sexo heterosexual, una de las más atroces realizaciones del feminismo de Estado, financiado al mismo tiempo por la derecha y la izquierda, por el Estado y la clase patronal.

¿Qué hace del sexo heterosexual una práctica hoy tan virulentamente odiada por todas las instancias del poder? Precisamente el que sea, o pueda ser, creadora de vida humana, reproductiva. Para que España pueda seguir siendo una potencia imperial de tipo medio en los complejos avatares de la mundialización es necesario que los gastos de crianza y reproducción se aproximen a cero. Ya estamos en 1,2 hijos por mujer y descendiendo, pero las autoridades desean que sea 0,0 hijos por mujer, esto es, que toda la mano de obra sea de importación, traída de fuera, expoliada y robada a los países pobres… Mientras haya gente disponible en éstos (quizá ya por poco tiempo, pues están agotando sus existencias), se les obligará a hacerse cargo de los gastos de crianza de la fuerza laboral destinada a servir al capitalismo multinacional cuyas sedes centrales y cabeceras están en los países ricos.

Además, el sistema de dominación vigente, dando un giro radical, ha pasado de perseguir al sexo homosexual a presentarlo como modélico y fabuloso. La razón es la misma. Ya que éste, por su propia naturaleza, es no-reproductivo, se ha convertido en el más publicitado por los medios de comunicación, con fiestas multitudinarias, como el Dia del Orgullo Gay, totalmente institucionalizada, al estar sustentada por todo el poder burgués, empresarial y estatal.

Al mismo tiempo, el sistema de dominación ha pasado a alterar cualitativamente la masculinidad tanto como la feminidad. Ya no se puede ser varón y no se puede ser mujer: hasta en estas cuestiones, tan íntimas y privadas, ha llegado el Estado a inmiscuirse, lo que es una manifestación de totalitarismo de proporciones inauditas. Ha creado una forma de ser hombre que es penosa por desprovista de magnetismo, fuerza, belleza, erotismo y virilidad. Y una forma de ser mujer no menos patética, por desexuada, zafia, agresiva, degradada y repelente, al reducir a la fémina a mera mano de obra, a ente andrógino al que se prohíbe de muchas manera la natalidad y, por ende, todo lo que acompaña a ésta en lo espiritual y lo corporal. Los robots no tienen sexo, y carecen de encanto erótico, de manera que el capitalismo quiere eso exactamente, autómatas que vayan y vengan al trabajo sin nada que los distraiga de la tarea de producir.

Aquí la misoginia campa por sus fueros. La empresa capitalista desconfía de las mujeres porque sabe que la mayoría de ellas, en torno al 80%, desean imperiosamente ser madres, y conoce que eso las distrae de sus carreras profesionales. Así que ha creado las jaurías progresistas y feministas, muy bien financiadas desde el poder estatal, para linchar a los millones de féminas que no se resignan a ser nada más que mano de obra, que anhelan la maternidad como consecuencia del amor, el deseo y la pasión. Esa virulenta policía del erotismo, la natalidad y la maternidad se encarga de una buena parte del trabajo sucio que el capitalismo necesita que se haga, constituyendo en torno al sexo heterosexual reproductivo, a la maternidad y la crianza, un enrarecido clima social de rechazo y persecución. No se olvide que el primer mandamiento del feminismo de Estado dice que “los hijos explotan a las madres”, ¡los hijos!, no los empresarios ni el fisco devorador.

Ante él muchas féminas se echan para atrás y se resignan a no ser madres, a vivir a costa de los psicofármacos (el 25% son ya consumidoras habituales, una cifra escalofriante, que muestra que el sistema está haciendo drogadictas a una parte conspicua de las mujeres), en soledad, reprimiendo su erotismo, sexualidad e instinto maternal, su necesidad de amar y ser amadas, la cual, si no puede realizarse, enferma e incluso mata a las féminas, como ya observó Freud. Esta es una de las causas del alto grado de patologías psíquicas y físicas que afectan a las mujeres en la sociedad actual, que reprime el amor, proscribe el erotismo y persigue la maternidad. Para enmendar todo esto se necesita de la revolución, dado que no son posibles remedios parciales, al situarse el mal en el meollo mismo del sistema, que es feminicida constitutivamente. En efecto: crear un mundo apto para las mujeres exige una gran revolución, de manera que todas y todos los que se integran en el sistema, al hacerse con ello parte de la anti-revolución se convierten en enemigos decisivos de lo femenino.

Es este estado de cosas el que explican textos como el de Byung-Chul Han “La agonía del Eros”, interesante como aldabonazo, aunque ya se cuida muy mucho el autor de no ir a la raíz de los problemas, para lo que se escuda en una metodología y una jerga pretendidamente “filosóficas”, un tanto ridículas, que miden el menoscabo de la libertad existente para tratar estos asuntos. Hace falta valentía y coraje, de las que aquel carece, para exponer las causas verdaderas de esa agonía de lo erótico, lo amoroso y lo sexual, muy cierta por lo demás. Tales causas están en el centro del sistema capitalista, y su análisis, en sí mismo, es altamente subversivo, o sea, está prohibido, y quienes lo hacen son perseguidos y castigados.

El grupo social que más está perdiendo con todo eso es el de las mujeres de las clases populares. La represión del deseo materno es causa primera de estados de desintegración psíquica y dolencias físicas diversas en todas y cada una de las mujeres que lo padecen, millones y millones en los países “ricos”. El libro “La represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente”, 1995, de Casilda Rodrigañez y Ana Cachafeiro muestra algunos de los perniciosos efectos de la feminicida biopolítica del capitalismo en el espíritu y el cuerpo de las mujeres[2].

En el presente, el desasosiego y descontento con la políticas anti-natalistas del capital, así como con el fenómeno migratorio que está en su raíz, crecen por toda Europa. Al mismo tiempo se alzan más y más voces poniendo en evidencia los funestos efectos, incluso económicos, de la catástrofe demográfica en curso. El paradigma biopolítico estatuido en los años 60 del siglo pasado está sobrepasado y ya no da mucho más de sí. En suma, las contradicciones internas del sistema se están agravando y se están creando las condiciones para que estos asuntos sean objeto de un debate público que vaya más allá del valeroso actuar de minorías, calumniadas y perseguidas por las fascistoides partidas de la porra del feminismo burgués y el progresismo. Millones de personas están comenzando a abrir los ojos a la verdad en estas materias. Es el momento de penetrar a fondo en ellas.

En sucesivos artículos, textos y otros elementos comunicacionales se irá haciendo, siempre primando lo positivo y propositivo sobre lo crítico. Atención pues.



[1] La destrucción, con la emigración como herramienta decisiva, por el franquismo de la sociedad rural popular tradicional propia de los pueblos de la península Ibérica, que era el orden político, convivencial y económico emergido de la revolución de la Alta Edad Media, es analizado en mi libro “Naturaleza, ruralidad y civilización”. Por eso mi posición es contraria a todas las formas de emigración, también a la actualmente en curso, con millones de personas llegando desde los países del sur. Quienes la respaldan, desde el papa a la izquierda, son los más desvergonzados agentes y servidores del capitalismo.
[2] Estos asuntos, tan fundamentales, son tratados en “Feminicidio, o autoconstrucción de la mujer”, Maria Prado Esteban Diezma y Félix Rodrigo Mora.